El halcón se posa en la cruz

Luis Fernando Pacheco Gutiérrez  *   | 30/05/2017 - 21:47 |  | Enviar por e-mail |
Reuters
La mañana primaveral romana de mayo enmarca el escenario para la primera visita del presidente norteamericano Donald Trump a Ciudad del Vaticano en su rol de máxima autoridad de la primera potencia global. El encuentro se suma a la larga lista de reuniones entre presidentes norteamericanos y Pontífices de la Iglesia: Woodrow Wilson y Benedicto XV (1919), Dwight D. Eisenhower y Juan XXIII (1959), John F. Kennedy y Pablo VI (1963), Lyndon Johnson y Pablo VI (1965), Richard Nixon y Pablo VI (1970), Gerald For y Pablo VI (1975), Jimmy Carter y Juan Pablo II (1979), Ronald Reagan y Juan Pablo II (1983), George Bush y Juan Pablo II (1989), Bill Clinton y Juan Pablo II (1993), George W. Bush y Juan Pablo II (2004) y con Benedicto XVI (2008), Barack Obama con Benedicto XVI (2009) y finalmente, Francisco y Barack Obama (2013).

Más allá de las anécdotas protocolares (el gesto adusto del Papa argentino durante la audiencia, o el velo que la primera dama evitó usar en su visita a Arabia Saudita, pero que accedió a llevar de acuerdo al estricto ceremonial vaticano) el encuentro constituye un hito en unas accidentadas relaciones a distancia, y genera mayor expectativa ante los años venideros, en un mundo en permanente cambio y donde las voluntades de ambos juegan un significativo papel.

Media hora duró el encuentro a puerta cerrada entre el neoyorquino y el papa porteño. Aunque se pueden prever dentro de la agenda múltiples temas como el cambio climático (uno de los ejes de política de acción de Roma y uno de los aspectos de mayor negación para el nuevo inquilino de la Casa Blanca), los migrantes, la guerra, entre otros, lo cierto es que los pormenores del encuentro seguirán en el campo de las especulaciones por parte de los múltiples análisis que surjan en los próximos días.

Al término de la audiencia el Pontífice -como es costumbre- recibió y saludó a la primera dama, a Ivanka Trump, la polémica hija del mandatario, a su esposo Jared Kushner, al Secretario de Estado Rex Tillerson y a una pequeña comitiva del círculo de gobierno más cercano. Si bien es cierto, que dicho encuentro responde más a la cortesía protocolar tradicional, podemos extraer análisis de los gestos mutuos. El intercambio de regalos y frases deslizadas nos permiten ahondar en las prioridades de las agendas estadounidense y vaticana en el mediano plazo.

El primer simbolismo lo hallamos en los regalos intercambiados por los líderes: Trump eligió para el Obispo de Roma una colección de obras y epístolas del líder Martin Luther King, lo cual entraña un guiño evidente al Pontífice que lo citó varias veces durante su intervención en el Congreso de los Estados Unidos, durante su visita en 2014, cuando la campaña presidencial apenas empezaba. A su vez, el regalo de Francisco fue más evidente: un medallón de un artista romano que representaba la fractura de la guerra y cómo el olivo, símbolo de paz une las brechas. La frase que acompañó el presente despejaba cualquier duda: “para que usted pueda ser un árbol de olivo, para hacer la paz” expresó Francisco. Sumado a la medalla el Papa le extendió copias de documentos oficiales como la Carta del Sínodo de las Familias y sus dos encíclicas más recientes. Especialmente simbólica fue la entrega de una copia del mensaje denominado “la no violencia: estilo de una política para una paz” con motivo de la Jornada Mundial de la Paz. “Lo firmé especialmente para Usted”- dijo el Papa al entregárselo.

Es evidente que el Papa comprende como prioridad en su trato con Washington el tema de la paz. Particularmente en lo referente a los asuntos de Medio Oriente y la protección de minorías cristianas perseguidas por Estado Islámico en los países donde ejerce su accionar. Trump, quien no suele caracterizarse por un accionar prudente y cauto no mordió el anzuelo directamente y evitó confrontaciones por lo menos públicas. Su profunda, pero ambigua despedida “No olvidaré lo que me dijo” se asimila más al epílogo de una novela de misterio con segundas partes que a un final feliz.

Una agenda obligada con segundas partes

El gran interrogante es ¿Cuál será el derrotero de las políticas bilaterales entre la Santa Sede y Washington después del 24 de mayo de 2017? Lo primero que debemos rescatar es que, aunque ambos líderes tienen apreciaciones en las antípodas ideológicas del otro, comparten unos elementos comunes que vale la pena mencionar.

En primer lugar, ambos son outsider en la política: Trump desde el mundo de los negocios y criticando al establecimiento político. Francisco desde la periferia (como él mismo denomina el fenómeno) quien surgió en 2013 como una alternativa de ruptura a los círculos curiales tradicionales que habían encerrado a Benedicto XVI y que dirigían el proceso de toma de decisiones, desde el ocaso de Juan Pablo II a finales del siglo pasado.

En segundo lugar, ambos encarnan liderazgos populistas, lo que implica que los lentes de los medios de comunicación y la opinión pública están sobre ambos de manera permanente.

Y el más importante, las posiciones que ambos tomen en sus respectivos círculos de poder tienen impacto en temas y zonas geográficas comunes: Medio Oriente, Venezuela, las minorías y los migrantes son temas que atañen ahora mismo a las agendas del Palacio Apostólico y de la Casa Blanca.

Es altamente probable que ambos comprendan la posición estratégica del otro. El Papa es consciente que Trump es quien lidera el hegemón y sus decisiones impactarán necesariamente en todo el planeta. Por otro lado, el mismo presidente norteamericano comprende que Francisco representa un liderazgo carismático, el cual mueve multitudes e incide desde los círculos diplomáticos y desde el impacto del discurso en un mundo convulsionado donde muchos buscan acciones concretas, pero solo encuentran discursos políticamente correctos.

Lo anterior, evidente conlleva una tensa relación donde los mensajes velados, las indirectas y los pronunciamientos estratégicos pueden prolongarse a escala mayor que las frases que sirvieron de telón de fondo al encuentro del pasado 24 de mayo. Es evidente que la agenda medio ambiental es un punto de quiebre entre la mirada de Washington y las expresiones del Papa. A ello se suma un protagonismo muy fuerte de Francisco en el tema de los migrantes que ingresan a Europa desde Medio Oriente, y que choca con la política de muros y control de fronteras que pregona Donald Trump desde su campaña en las primarias republicanas.

Solo por mencionar estos dos temas en la agenda común, las relaciones entre ambos pueden ser corteses, pero gélidas y confrontativas. Evidentemente, distantes de las alianzas tácitas entre Washington y el Papa polaco en el ocaso de la guerra fría, o del estilo diplomático de Benedicto XVI en sus ocho años a cargo de la barca de San Pedro.

Finalmente, otra coincidencia parece unir los destinos del magnate de Nueva York y el austero obispo porteño. Ambos tendrán un año venidero difícil, ambos buscan adelantar profundas reformas en sus entornos de poder y ambos enfrentan fuerzas del establecimiento complejas que se oponen a esas reformas. Por si lo anterior fuera poco… los dos, lideran comunidades con una amplia influencia mundial, pero un nivel no menor de desprestigio.

* Luis Fernando Pacheco Gutiérrez (Colombia). Abogado (Univ. Surcolombiana), Egresado del Curso Superior de Defensa Nacional de la Escuela de Defensa Nacional y Candidato a Magister en Relaciones Internacionales (Universidad Nacional de La Plata). Profesor de Tiempo Completo en la carrera de Ciencia Política de la Universidad Surcolombiana, donde es Coordinador del Departamento de América Latina y Director del Grupo de Investigación y Proyección Social “ANDRÉS BELLO”. Colaborador de Observanto desde el año 2011.

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