[OPINIÓN] El aprendizaje del 11-S y la primavera árabe
Rafael Eduardo Micheletti
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15/09/2011 - 19:07 |

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El mundo árabe, revuelto - Imagen: Al Arabiya
Históricamente, desde que en 1648 se firmó el Tratado de Westfalia la política internacional estuvo regida por el principio de no intervención en los asuntos internos de los Estados. Este principio iba de la mano con una política internacional regida por el interés nacional: aquello que no era de interés nacional para un país no era tema de su incumbencia, y cada nación debía velar por obtener de su política exterior la mayor cantidad posible de beneficios. De esa manera, su población viviría un poco mejor y el choque entre Estados aislados llevaría a que se genere un equilibrio internacional.
El sistema internacional de la no intervención y del interés nacional funcionó relativamente bien para los países democráticos, pero no para los autoritarios. Se basaba en una cierta racionalidad que daba por sentada sin admitir prueba en contrario. A su vez, la base tecnológica de la sociedad industrial alentaba la centralización de la producción, lo que favorecía también una cierta centralización a nivel global y la consiguiente división internacional del trabajo. El resultado era que, cada tanto, se escapaba alguna chispa en algún entorno propicio para el autoritarismo y la competencia entre Estados nacionales egoístas y relativamente aislados provocaba una guerra mundial, como la Guerra de los Siete Años, la guerra napoleónica, la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial.
Con el advenimiento de la sociedad de la información las condiciones sobre el terreno empezaron a modificarse. La producción comenzó a descentralizarse progresivamente, el desarrollo pasó a estar cada vez más al alcance de todos los países por igual y empezó a abrirse camino la idea de un “bien común planetario” debido a la necesidad de regular la conducta humana a nivel mundial. Este cambio, sin embargo, tardó en ser asimilado por la política exterior de los países. Recién con la caída del Muro de Berlín se dio la situación de hegemonía democrática y ausencia de competencia vital a nivel internacional como para que la idea de bien común planetario pudiera empezar a avanzar a través del impacto de la información y las imágenes en tiempo real.
En la década de 1990 ya no existió la excusa de la contención del comunismo para que Estados Unidos pudiera intervenir en el mundo. Esto llevó a que se empezara a teorizar acerca de la intervención justa. Se dieron casos como el de Somalia o el de Kosovo, que generaron polémica pero dieron pie a la intervención por “razones humanitarias” y al posterior auge de las misiones de paz de las Naciones Unidas.
Un claro punto de inflexión en la evolución de la política exterior de Estados Unidos estuvo dado por el 11-S. Dicho acontecimiento no fue un ataque sólo contra la primera potencia mundial, sino contra los valores humanos en sí mismos. Un ataque contra la democracia, la diversidad y la libertad. Un ataque que detrás tenía un plan para el integrismo islámico, por más descabellado que pueda parecernos a la luz de la razón.
El 11-S generó dos respuestas: solidaridad mundial con los EEUU y consenso interno en dicho país acerca de la necesidad de hacer algo al respecto. Sin embargo, si bien el gobierno de Bush presentó los ataques del 11-S como un ataque contra la humanidad, nunca dejó de justificar sus acciones de política exterior en el interés nacional. La Guerra de Afganistán se justificó en quitarle un Estado a una organización terrorista que estaba en guerra con los Estados Unidos. La Guerra de Irak, en verdad realizada por el entusiasmo que había despertado la intervención en Afganistán, se justificó en la supuesta posesión por parte de Saddam Hussein de armas de destrucción masiva que en cualquier momento podrían apuntar contra los Estados Unidos.
La “doctrina Obama”
Lo que muchos han bautizado despectiva o burlonamente como “doctrina Obama”, aclarando acto seguido que no es sino más de lo mismo, es en verdad un cambio no menor en la concepción de las relaciones internacionales. Obama ha explicado que su doctrina de política exterior es la opuesta a la de Bush: mucha prudencia en el uso de la fuerza y de la intervención en otros países y procedencia de estos recursos no sólo por razones de interés nacional, sino principalmente por cuestiones de bien común.
Las acciones de Estados Unidos en virtud de la “primavera árabe” son un reflejo de este cambio copernicano que para muchos pasó lisa y llanamente desapercibido. Mubarak y Gaddafi eran actores funcionales a Estados Unidos y Europa en una zona del mundo muy convulsionada y con fuertes focos antiestadounidenses. No era lógico según la idea del interés nacional que Washington interviniera en dichos países apoyando revueltas que no se sabía con certeza en qué iban a terminar. Esto motivó cierta resistencia por parte de los republicanos, más atados a los patrones de política exterior tradicionales.
Sin embargo, la Casa Blanca hizo uso de su influencia sobre los gobiernos de la región y también de su tecnología y poderío militar para apoyar las rebeliones y revueltas. Las acciones no fueron apuradas. Requirieron un tiempo de análisis de la situación, de identificación e investigación de los movimientos y grupos opositores y de contemplación de las particularidades de cada país. Una intervención atolondrada puede ser contraria al bien común planetario con el cual se identifica cada vez más el interés nacional y la política exterior de los países democráticos; puede ser simplemente inviable, insostenible o contraproducente para la democracia.
Muchos se han planteado la posibilidad de que Estados Unidos intervenga en Siria como lo hizo en Libia. Es importante señalar a este respecto que, por un lado, el hecho de que Obama dirija la política exterior no sólo por razones de interés nacional no significa que el interés nacional no siga siendo contemplado. Una sobrecarga de intervenciones sería negativa para la economía, la política y la imagen de los Estados Unidos. A su vez, Siria se encuentra en una zona muy sensible, signada por un conflicto entre Israel y los palestinos que tiene fuertes implicancias regionales.
Finalmente, cabe aclarar que la organización tribal puede haber facilitado la rebelión en Libia, lo que probablemente no se de de la misma manera en Siria. Esto no quiere decir que sea imposible que Estados Unidos intervenga en Siria, pero sí que las condiciones, y por ende los análisis, son y deben ser distintos.
Hoy en día el interés nacional se identifica cada vez más con el bien común, llevando al paulatino reemplazo de aquel por éste como eje central de la política exterior, ya que la interdependencia y la empatía entre las personas a lo largo y ancho del mundo son cada vez más evidentes. Un gobierno democrático puede no ser tan fácilmente influenciable por las potencias extranjeras como un gobierno autoritario alineado, pero sin lugar a dudas reduce las posibilidades de extremismo opuesto al interés nacional, controla mejor su territorio y favorece un mayor desarrollo.
Promover la democracia en los países pasa a ser un objetivo esencial, no ya un aditamento de la política exterior. Las grandes decisiones, y no sólo algunas gestiones de los embajadores, pasan a estar encaminadas en ese sentido. Y esto no tiene más que acentuarse con el paso del tiempo, a medida que los pueblos conozcan y controlen cada vez más la política exterior de sus países y estén cada vez más conectados entre sí.
* Estudiante avanzado de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario (Argentina) interesado especialmente en el derecho y la política internacionales. Columnista de varios medios y de www.democracialibreya.blogspot.com.
Becario de la organización Fulbright y de la Fundación Friedrich Naumann Stiftung fur die Freiheit para asistir a cursos y seminarios en Estados Unidos y Alemania. Contacto: rmicheletti@observanto.net.