Noruega: matar en nombre de la nación

Adriano Bosoni *   | 26/07/2011 - 09:31 |  | Enviar por e-mail |
Luto por las víctimas - Imagen: AP
Los recientes atentados en Noruega, que dejaron alrededor de siete decenas de muertos, despertaron la alarma en toda Europa y generaron otro motivo de preocupación para un continente que lleva casi tres años luchando contra una tenaz crisis económica. Aunque los episodios de este tipo son relativamente aislados, se producen en el contexto de una región que vira peligrosamente hacia posiciones de nacionalismo extremo con tintes xenófobos.

Cuando todo era terror e incertidumbre y no estaba claro quién había perpetrado los ataques y con qué motivos, los analistas se inclinaron por dos grandes hipótesis. O bien Noruega había sido víctima del extremismo islámico, que buscaría castigar al país por su participación militar en contra de la Libia de Gaddafy; o el autor formaba parte de alguno de los grupos ultra nacionalistas que en los últimos años han proliferado en el país escandinavo.

Ambas posibilidades muestran hasta qué punto las naciones europeas son susceptibles a la violencia. Las dos alternativas son caras de una misma moneda: la amenaza siempre latente del fundamentalismo islámico y la creciente presencia de sectores de la sociedad que rechazan a los extranjeros, especialmente si son de origen musulmán.

La confirmación de que el atentado había sido perpetrado por un noruego, Anders Behring Breivik, perteneciente una organización xenófoba aún no identificada, resultó aún más atemorizante que si se hubiera tratado de un atacante extranjero. Si la existencia de un enemigo externo genera temor en cualquier sociedad, aún más perturbador es saber que el responsable de la violencia fue un noruego que alegaba defender los intereses de su país.

De hecho, según el autor de los ataques tales actos fueron necesarios para “salvar” a Noruega de la “amenaza marxista y musulmana”. Lejos de mostrar signos de arrepentimiento, Breivik reivindicó sus actos y los calificó como “necesarios” para debilitar al gobernante partido socialdemócrata y su “campaña para importar musulmanes”.

De acuerdo con Charles Grant, director del Center for European Reform (CER), el actual problema que vive Europa no se enmarca en el tradicional enfrentamiento entre izquierda y derecha. Con sus habituales diferencias de enfoque, ambas posturas reconocen el valioso rol que la integración económica, política y social ha tenido en Europa desde fines de la década de 1940. Por el contrario, el actual clivaje tiene otra dimensión, puesto que enfrenta a nacionalistas contra partidarios de la globalización.

En efecto, de la mano de una crisis que no da respiro y acompañando a las tasas de desempleo más elevadas desde la Segunda Guerra Mundial, los últimos meses han visto un crecimiento desmedido de agrupaciones nacionalistas, anti-globalización y xenófobas. Aún con sus diferencias, todos estos grupos comparten características distintivas: rechazo a la inmigración –principalmente musulmana, pero también europea- profundo escepticismo sobre la Unión Europea y la moneda común, y críticas crudas a la socialdemocracia y su incapacidad para dar respuesta a la crisis.


Un fenómeno que se expande

El crecimiento de los ultras en los países escandinavos no es novedad. En abril de este año, los Auténticos Finlandeses obtuvieron una cantidad récord de votos en las elecciones nacionales. Tras la victoria su líder, Timo Soini, declaró que “la Unión Europea está en coma” y rechazó la ayuda a las economías más debilitadas del bloque. Unos meses antes, el Partido de los Demócratas Suecos había ingresado al Parlamento por primera vez en su historia. Su presidente, Jimmie Aakesson, ganó votos calificando a los inmigrantes como “parásitos” que consumen la ayuda social del país. En Dinamarca, Pia Kjaersgaard, titular del Partido Popular Danés, acusó a las autoridades de la vecina Suecia de querer “convertir Oslo en una nueva Beirut”, con “guerras de clanes, asesinatos y violaciones”.

La fobia al extranjero también gana peso en Holanda, país que sorprendió al mundo a mediados de 2010 cuando la derecha xenófoba liderada por Geert Wilders obtuvo el tercer lugar en las elecciones. En aquella oportunidad, el titular del Partido por la Libertad declaró que “Holanda ha votado por menos Islam, menos inmigración y más seguridad”.

Para estos líderes, Europa debe regresar a una situación previa al proceso de integración continental. Con diferentes matices, los partidos nacionalistas plantean un viejo continente donde cada país vuelva a cerrar sus fronteras, poner trabas al comercio y mirar con recelo a sus vecinos. Un continente que defienda de modo celoso aquello que percibe como una identidad nacional amenazada por culturas foráneas, que desconfíe de la incesante movilidad de personas, bienes y capitales y que por lo tanto regrese a una etapa anterior a la globalización acelerada que plantea el siglo XXI.

Sin duda, la estrella más fulgurante en esta constelación de nacionalismos populistas es Marine Le Pen, heredera en las formas y en las palabras de su padre Jean Marie, el fundador de la Alianza Nacional francesa. Su propuesta política es franca y directa: los inmigrantes deben ser devueltos a su país de origen, Francia debe abandonar el euro y la OTAN y las fronteras entre vecinos europeos -que el Acuerdo Schengen eliminó- deben ser nuevamente instauradas. El sueño de Le Pen ya comenzó a hacerse realidad en Dinamarca, donde las autoridades decidieron reestablecer los controles fronterizos a fin de limitar la libertad de circulación que favorece la UE.

Incluso líderes a priori más moderados como Nicolas Sarkozy o David Cameron se sumaron a la visión de Ángela Merkel, quien planteó que "el multiculturalismo ha fracasado completamente" en el viejo continente. El más osado de todos sin duda ha sido Sarkozy, quien en 2010 lanzó un debate nacional sobre “qué significa ser francés”, un planteo que pronto degeneró en una peligrosa polémica sobre el rol de los musulmanes en Francia.

En este punto, los escalofriantes episodios de Noruega son una degeneración extrema que no necesariamente representa la ideología de los flamantes nacionalismos populistas. Sin embargo, resultan sintomáticos del creciente clima de miedo e incertidumbre que vive el continente de cara a la brutal crisis económica.

El único balance positivo de la tragedia es que tal vez ayude a los europeos a repensar el viraje ideológico que está sufriendo el continente. Como bien lo demostraron las manifestaciones en homenaje a las víctimas de los atentados –que unieron a miles de personas de diferentes grupos sociales y étnicos- la inmensa mayoría de la sociedad del viejo continente todavía cree que la tolerancia y el diálogo obtienen mejores resultados que el terror y la violencia.

* Editor General de Observanto. Licenciado en Periodismo (Universidad del Salvador, Argentina) y Master en Relaciones Internacionales (Università di Bologna, Italia). Realizó cursos de posgrado sobre instituciones políticas y desarrollo económico. Posee amplia experiencia en prensa gráfica, radiofónica y digital, y escribe asiduamente columnas de análisis y opinión. En 2009 publicó el libro “La Unión Europea y sus instituciones”. - Contacto: abosoni@observanto.net