Tratado de Libre Comercio Colombia - Estados Unidos: amores y desamores

Luis Fernando Pacheco Gutiérrez  *   | 16/06/2011 - 14:33 |  | Enviar por e-mail |
Santos y Obama - Imagen: Wikimedia
Luego de la visita que el pasado 1 de junio la canciller colombiana María Ángela Holguín realizó a su par estadounidense Hillary Clinton, el panorama para el Tratado de Libre Comercio (TLC) se alzaba prometedor nuevamente: en su discurso oficial, la Secretaria de Estado norteamericana reafirmó el compromiso del gobierno de Barack Obama con la aprobación del acuerdo.

En lo que se ha denominado “Diálogo de Alto Nivel” -el segundo desde que asumiera Juan Manuel Santos como presidente de los colombianos en agosto pasado- las dos titulares de las relaciones exteriores no solo se reiteraron los compromisos de apoyo recíproco en la agenda bilateral, sino que no evadieron el tema central: el nunca logrado TLC.

El camino de este acuerdo ha sido un verdadero viacrucis para las partes interesadas. Aunque la iniciativa tiene su origen en las políticas que Estados Unidos desarrolló durante la década de 1990 con los gobiernos de Bill Clinton (1993-2001) y Andrés Pastrana (1998-2002), el avance se concretó con sus respectivos sucesores: George W. Bush (2001-2009) y Álvaro Uribe Vélez (2002-2010).

Tras la culminación de las rondas previas de negociación, del lado colombiano surgieron fuertes oposiciones de sectores como la agricultura, la ganadería, la industria farmacéutica y los sindicatos, que rechazaron de forma tajante a la firma del Tratado argumentando que la competencia con sus pares estadounidenses debilitaría sus intereses por el alto respaldo subsidiario del que gozan estos mercados. Del lado estadounidense las objeciones se centraron en los acápites de propiedad intelectual y derechos de autor, dos de los temas que por tradición preocupan más al lobby estadounidense en el Congreso.

Sin embargo, cuando finalmente los documentos fueron firmados por los presidentes -que siempre gozaron de una impecable relación bilateral- el Tratado tuvo un nuevo tropiezo en 2007. En dicha oportunidad los demócratas lograron mayorías en el Congreso de los Estados Unidos y condicionaron la aprobación del acuerdo a la supervisión de los logros de Colombia en temas álgidos como la muerte de sindicalistas, las condiciones laborales y las organizaciones cooperativas.

Los esfuerzos del gobierno Uribe en la aprobación de un acuerdo que era fundamental en su plan de desarrollo no fueron pocos, y la diplomacia bilateral es la mejor muestra: el primer embajador a cargo de la función fue Luis Alberto Moreno, actual Director del BID, quien estuvo a cargo de las relaciones con la Casa Blanca entre 1998 y 2005. Ante su nombramiento como cabeza del organismo internacional, su reemplazo fue el mismo ex presidente Pastrana Arango, ícono del bilateralismo anglo-colombiano en los años noventa.
Durante su estancia de un año en Washington Pastrana estuvo a cargo de la fase final de negociación, pero no alcanzó a ver el acuerdo terminado, un escándalo interno lo llevaría a presentar su renuncia irrevocable y ser sustituido por el mejor fusible que tenía el gobierno en el momento, la canciller Carolina Barco. El significado de esta elección no es menor, puesto que se trata de una de las funcionarias más eficientes del Gabinete, hija del ex presidente colombiano Virgilio Barco y de madre norteamericana. Los esfuerzos de Barco, una de las diplomáticas mejor preparadas del país, fueron en vano, puesto que el Tratado no vio la luz tampoco durante su gestión que se extendió hasta el fin del segundo mandato de Álvaro Uribe.

Por su parte, el TLC con Colombia se convirtió en uno de los “caballitos de batalla” preferidos del sector demócrata en Estados Unidos, y una fijación personal de la presidente de la Cámara, Nancy Pelosi. De poco sirvieron las innumerables visitas de delegaciones de funcionarios y empresarios colombianos a Washington o los cuantiosos pronunciamientos del entonces presidente Bush a favor del acuerdo comercial. Tampoco él lo vio hecho realidad.


La era Obama - Santos

Desde la asunción de Barack Obama el panorama no mejoró, puesto que la agenda estadounidense viró a otras preocupaciones internas como la crisis económica y la inmigración, y externas -pero lejanas- como el conflicto islámico. América Latina había dejado de ser prioridad y Colombia particularmente dentro de los intereses directos de la Secretaria de Estado, esta vez a cargo de la ex primera dama Hillary Clinton. ¿La razón? La lucha antidrogas, uno de los pilares en la relación bilateral era exitosa para Colombia en cifras, pero no para Washington, puesto que el mercado colombiano ha sido reemplazado por otros como el mexicano y el centroamericano, sin menguar el consumo en Estados Unidos.

Paradójicamente, el viacrucis no está lejos del fin. Aunque el 15 de junio la Casa Blanca certificó el cumplimiento de Colombia respecto el Plan de Acción trazado a finales de 2010, el AFL-CIO y el CWA, dos de los sindicatos más grandes de Estados Unidos, lanzaron en respuesta una agresiva campaña de oposición por considerar que Colombia sigue siendo el país del mundo donde más sindicalistas son asesinados en clara violación a una de las principales garantías del derecho laboral. Además, resta la revisión del Tratado por parte de la Corte Constitucional colombiana, institución que ya tiene un antecedente negativo, en su sentencia no favorable al uso de bases militares colombianas por parte de fuerzas armadas norteamericanas.

Así las cosas, resulta interesante el pronunciamiento de Clinton como espaldarazo al polémico TLC, pero también puede ser una promesa más que se sume a la larga lista de amores y sinsabores que ha atravesado el acuerdo. Lo que no deja de resultar curioso es que por primera vez, y con una agenda multilateral por parte de Colombia, el interés de Bogotá en el Tratado parece disminuir y solo ser repetido a fuerza de no perder la costumbre.

* Es colombiano de nacimiento. Abogado, Egresado del Curso Superior de Defensa Nacional de la Escuela de Defensa Nacional y Candidato a Magister en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata. Director del Observatorio de Colombia del Centro Argentino de Estudios Internacionales CAEI y Coordinador de Relaciones Institucionales de Observanto. Ha sido Docente, Investigador y Administrativo Universitario.