La muerte de Bin Laden, certezas y preguntas

Adriano Bosoni *   | 03/05/2011 - 19:37 |  | Enviar por e-mail |
Muchas preguntas - Imagen: Wikimedia
El asesinato de Osama Bin Laden ha tenido un gran impacto a nivel mundial y ha desatado una euforia pocas veces vista en Estados Unidos. Sin embargo, más allá de su carácter altamente simbólico la desaparición del líder de Al Qaeda probablemente tenga un impacto menor al que podría parecer a simple vista. De hecho, no implica la finalización de la amenaza terrorista ni el fin de la guerra de Afganistán. Ni siquiera asegura la reelección de un presidente que venía atravesando momentos muy difíciles a nivel interno y externo.

Sin dudas el operativo que mató a Bin Laden en Pakistán supone una importante victoria política y personal para Barack Obama. Desde que el líder demócrata asumió la presidencia en 2009, la guerra de Afganistán se convirtió en “su” guerra. Suyo fue el plan de retirarse de Irak para concentrar esfuerzos en la batalla contra los talibán, y suya fue la idea de que tanto Afganistán como Pakistán formaban parte de un mismo frente de batalla. Efectivamente, en los últimos dos años Washington y sus aliados de la OTAN incrementaron la presencia internacional en dichos países, como paso previo al retiro progresivo previsto entre 2011 y 2014.

A la vez, la muerte del líder de Al Qaeda significa una reivindicación para la CIA después de la década de traspiés que se inició con los atentados de septiembre de 2001. Tras años de sufrir el escarnio público, la agencia todavía liderada por Leon Panetta obtuvo el triunfo más significativo de los últimos tiempos gracias a la meticulosa planificación del operativo contra el líder islamista.

Pero aunque representa un espaldarazo en la alicaída figura de Obama, lejos está de asegurar su reelección. Los estadounidenses, como los votantes de todo el mundo, eligen a sus representantes con el bolsillo. En general, la situación internacional y los logros en política exterior suelen tener una incidencia limitada a la hora de acudir a las urnas. Prueba de ello puede dar George Bush padre, quien fue derrotado en 1992 luego de ganar la Guerra del Golfo en 1991. La causa de este desengaño la explicó Bill Clinton de manera contundente: es la economía, estúpido. En otras palabras, si Obama no logra enderezar el curso económico de su país, probablemente le importe muy poco a los votantes que el demócrata haya sido quien mató a Bin Laden.

Por otro lado, la muerte de Osama no pone fin a una guerra afgana que se aproxima a los diez años de duración. Actualmente la victoria parece cada vez más lejana, y la principal preocupación que tienen Estados Unidos y sus aliados de la OTAN es lograr una salida decorosa, pero salida al fin. Esta situación se refleja en el cambio de discurso, que viró desde el argumento original de eliminar a los talibán hasta la más reciente postura de incorporar a aquellos combatientes enemigos que acepten deponer las armas y sumarse al cuestionado gobierno de Hamid Karzai. La necesidad hizo que ahora se pueda distinguir entre “talibanes buenos” y “talibanes malos”, y que los primeros sean considerados parte de la solución al conflicto.

En todo caso, el asesinato de Bin Laden ofrece a Obama un argumento ideal para justificar su plan de salida escalonada. Ahora que se cumplió uno de los principales objetivos de la incursión (matar al líder de Al Qaeda) resultará más sencillo vender a la opinión pública el tan necesario discurso de “misión cumplida”. Poco importará que los invasores dejen detrás un país destruido, hundido en la más absoluta miseria y sin indicios de acercarse a la democracia.


Pakistán, el aliado incómodo

Desde que George W. Bush lanzó su “guerra global contra el terror” en 2001, Pakistán se convirtió en un mal necesario para Estados Unidos. Pese a estar dirigido por un dictador, mantener vínculos probados con la insurgencia afgana y tener armas nucleares apuntando hacia la India, el régimen de Islamabad se convirtió en una pieza fundamental para invadir Afganistán. Desde entonces, Washington envía millones de dólares a cambio de colaboración en la lucha contra los talibán, aún sabiendo que los receptores del dinero cooperan tanto con la Casa Blanca como con sus enemigos.

No obstante, el operativo contra Bin Laden fue una bofetada para los pakistaníes, especialmente para sus servicios de inteligencia y para sus fuerzas armadas. Por un lado, el mundo pudo comprobar que el terrorista saudí efectivamente vivía en Pakistán. Para peor, no fue atrapado en la montañosa frontera con Afganistán sino en una vistosa vivienda a 80 kilómetros de Islamabad. Además, Estados Unidos lanzó su ataque sin coordinarlo con sus presuntos colegas, probablemente temiendo que estos lo echaran a perder.

En este punto, a Pakistán le valen dos alternativas igualmente dolorosas: la ignorancia o la complicidad. Bastante humillante sería para el gobierno admitir que desconocía el paradero de Bin Laden. Pero peor sería reconocer que lo sabían y no lo comunicaron a los estadounidenses. Para salvar la cara, Islamabad se apresuró a emitir un comunicado en el que afirmaba que prestó colaboración de inteligencia a Washington en las semanas previas al ataque.

La Casa Blanca devolvió el gesto ratificando que la alianza con los asiáticos seguía intacta. De cualquier manera, cabe esperar que la administración demócrata aproveche el momento para incrementar su presión sobre el régimen de Zardari, a fin de que abandone su doble juego con la insurgencia talibán.


¿El fin del terrorismo?

El asesinato de Bin Laden se produjo en un contexto internacional especial: las revueltas en el mundo árabe demostraron que los ciudadanos de los países musulmanes no sólo están listos para la democracia, sino que además rechazan la violencia como herramienta para obtener los cambios. Desde Túnez hasta Egipto, la sociedad civil descubrió que la manifestación callejera puede ser un arma mucho más eficaz que el terrorismo para lograr transformaciones políticas.

Los jóvenes que desde enero agitan las protestas mediante el uso de Facebook, Twitter y la telefonía celular representan un cambio generacional que no puede ser obviado. Aunque es muy pronto para emitir juicios concretos, pareciera que están buscando la mejor manera de lograr un equilibrio entre la defensa de su identidad nacional-religiosa y la adaptación a la modernidad. De hecho, los únicos que en los últimos meses hicieron referencia a Bin Laden han sido dictadores como Khaddafy y Mubarak, quienes agitaron el fantasma del extremismo para justificar sus gobiernos autárquicos.

Sin embargo, la desaparición del líder saudita no significa el fin del terrorismo internacional. En primer término, porque Al Qaeda no es una organización vertical, donde la muerte de la cabeza implicaría la destrucción del cuerpo. En los últimos años la organización evolucionó hacia una estructura descentralizada, con células dispersas por todo el mundo que operan con bastante autonomía. En rigor, Bin Laden era más una fuente de inspiración que un conductor directo. Por ello el golpe contra el terrorismo islámico ha sido más bien psicológico y simbólico, y no está dicho que signifique una disminución de los ataques y atentados.

Por otro lado, las condiciones que favorecen el auge del fundamentalismo están intactas en buena parte del planeta. Mientras los pueblos de África y la península arábica sigan viviendo en condiciones de extrema pobreza y permanezcan víctimas de la corrupción y el autoritarismo estatal, el extremismo encontrará terreno fértil para desarrollarse. No puede existir una política antiterrorismo que no tenga en cuenta las raíces sociales del conflicto. En el caso particular de Afganistán, la guerra está aún muy lejos de ser ganada, y la tragedia humanitaria está todavía más lejos de resolverse.

Aunque la muerte de Bin Laden resulte altamente simbólica la desaparición del terrorismo internacional todavía es improbable. La erradicación de esta amenaza debería incluir al menos tres factores. Por un lado, debería implicar un apoyo más contundente de Washington a los movimientos democráticos en el mundo árabe. A su vez la comunidad internacional debería contribuir a que mejore la calidad de vida en estos países, porque es sabido que el extremismo encuentra territorio fértil allí donde no hay optimismo en el futuro. Finalmente, la Casa Blanca debería hacer que su aliado Israel comprenda que la solución del conflicto palestino es condición indispensable para la paz a largo plazo. En mayor o menor medida, todas estas condiciones siguen siendo una utopía.

¿Qué modalidades adoptará el terrorismo en el siglo XXI? ¿Cómo reaccionarán los países afectados? ¿Qué papel tendrá la juventud árabe en los conflictos venideros?
Osama Bin laden logró expandir el terrorismo internacional de una manera nunca antes vista. Su figura despertó temor en Occidente y más de una pasión en Oriente. Su muerte, entonces, cierra una etapa muy significativa de la historia reciente. Sin embargo, la desaparición del líder saudí deja pocas certezas y muchísimas preguntas.

* Editor General de Observanto. Licenciado en Periodismo (Universidad del Salvador, Argentina) y Master en Relaciones Internacionales (Università di Bologna, Italia). Realizó cursos de posgrado sobre instituciones políticas y desarrollo económico. Posee amplia experiencia en prensa gráfica, radiofónica y digital, y escribe asiduamente columnas de análisis y opinión. En 2009 publicó el libro “La Unión Europea y sus instituciones”. - Contacto: abosoni@observanto.net

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