[OPINIÓN] El dilema de la no intervención en Libia
Rafael Eduardo Micheletti
*
|
06/03/2011 - 08:39 |

|

|
Antigua bandera libia - Mshamma - EUObserver
Es evidente que la humanidad atraviesa una época de cambio de era que trastorna nuestros conceptos y nuestras creencias tradicionales. Un ejemplo de ello es el principio de “no intervención” que reguló las relaciones entre los Estados nación durante la Era Industrial, quizás desde 1648 hasta 2003. Los medios de comunicación de alcance mundial y en red han desatado relaciones económicas y emocionales de alcance planetario que se traducen en una ampliación a nivel mundial de la “interdependencia” y la “interidentificación”, llamada esta última por Jeremy Rifkin “conciencia empática planetaria”. Es decir, cooperamos con personas de todo el mundo, por lo que nos interesa su bienestar, al tiempo que percibimos el dolor ajeno en todo el mundo, por lo que deseamos el bien planetario. No es que antes las personas desearan el mal de los demás países, pero no los tenían presentes. En su subconsciente, no eran personas ni entendían qué les pasaba. No había lenguaje en común. No había comunicación.
La revolución va a contramano del principio de la no intervención consagrado en el Tratado de Westfalia de 1648. La crisis de Libia se levanta como un nuevo ejemplo de la necesidad de rediseñar las reglas internacionales a este respecto. Vemos por televisión la lucha sangrienta que ha decidido llevar adelante un pueblo que busca la libertad, vemos gente como nosotros en la necesidad de armarse y enfrentar un régimen sanguinario e impiadoso para hacer que se respeten sus derechos. Vemos gente siendo masacrada por manifestarse pacíficamente en contra de un gobierno, vemos un ejército rebelde musulmán pidiendo la intervención de Occidente para ayudarlos a derrotar la tiranía.
En 2001, la guerra de Afganistán fue respuesta contra un Estado controlado por una organización terrorista mundial que acababa de hacer estallar el corazón de los Estados Unidos. En 2003 la guerra de Irak inauguró la doctrina de “guerra preventiva”, una verdadera novedad. No había ninguna señal de que el gobierno iraquí estuviera cooperando con Al Qaeda. Es más, dentro de todo, en el marco de la región, se trataba de un país relativamente moderado que ya había sufrido la fuerza de los Marines en la Guerra del Golfo de 1991. Lo que ocurrió fue que, desde Washington, un grupo de políticos y expertos militares eligieron algún país autoritario a los efectos de democratizarlo por la fuerza y aspirar a generar un foco de desarrollo y estabilidad en el centro de Medio Oriente.
Entre la guerra preventiva de Bush y el principio de la no intervención de la Era Industrial hay un abismo de variantes y tiene que haber términos medios que se puedan adaptar a las situaciones que el mundo enfrenta y deberá enfrentar de aquí en más. Se trata de dos sistemas absolutos. El primero parecería decir, tal cual fue interpretado y aplicado por la administración Bush, que los Estados Unidos deben ir de guerra en guerra en países autoritarios hasta que todo el mundo se democratice. La única variable a considerar parecería ser la fuerza. El segundo implicaría una inacción total de las democracias del mundo frente a una creciente indignación de sus pueblos ante los genocidios brutales que se sucedan en un exterior cada vez más cercano.
¿Hacia un cambio de era?
Barack Obama, por su visión de conjunto, su mentalidad abierta y sus antecedentes, tiene la posibilidad en esta ocasión de sentar las bases de un nuevo orden internacional empático que sea una superación de la inacción y de la torpeza. El nuevo orden debe estar basado en la creencia de que la comunidad internacional, antes de estar hecha de Estados, está hecha de ciudadanos portadores de dignidad, de derechos y de sentimientos donde sea que se encuentren.
Si Barack Obama aprovecha la oportunidad, las actuales circunstancias mundiales podrían significar un nuevo e importante impulso al liderazgo estadounidense. En un entorno de interidentificación global, la supremacía militar estadounidense pasaría a ser un recurso indispensable a favor de la humanidad. La historia de Estados Unidos dejaría de ser vista mundialmente como un exceso de intervenciones para pasar a ser interpretada cada vez más como un conjunto de antecedentes y valiosa experiencia de compromiso democrático (Ej.: Europa, Japón, Corea del Sur, etc.).
Todo esto podría significar un incremento del poder blando de los Estados Unidos en las próximas décadas, a lo que se sumaría una primacía militar no igualada por ninguna otra potencia. Desde esta óptica, y más allá de que seguramente el desarrollo económico seguirá distribuyéndose por el mundo obligando a el país del Norte a compartir cada vez más los costos de su liderazgo, ¿puede hablarse de un futuro tan multipolar como indican algunos, o acaso se tratará más bien de una especie de hegemonía democrática consensuada?
En su discurso al recibir el Premio Nobel de la Paz en 2009, Obama expresó: “debemos comenzar por reconocer el difícil hecho de que no erradicaremos el conflicto violento en nuestra época. Habrá ocasiones en las que las naciones, actuando individual o conjuntamente, concluirán que el uso de la fuerza no sólo es necesario sino también justificado moralmente.”
La crisis actual en Libia parece ser una de esas ocasiones. Las palabras de los rebeldes en respuesta a una oferta de mediación venezolana fueron escalofriantes: “tenemos una posición muy clara: es demasiado tarde; se ha derramado demasiada sangre”, dijo Mustafa Gheriani, encargado de prensa del Consejo Nacional de las ciudades en manos de la oposición. “Nunca negociaremos con nadie sobre la sangre de nuestro pueblo”, agregó.
En sus declaraciones más fuertes hasta ahora, Obama afirmó que Kaddafy “perdió toda legitimidad” y “debe abandonar el poder de inmediato”. El mandatario fue más lejos y admitió que Estados Unidos examina “toda la gama de opciones” para responder a “la horrible violencia” ejercida por el dictador contra su pueblo. Obama habló un día después de que la oposición de Libia reclamara una intervención de las potencias occidentales para frenar a los mercenarios contratados por el gobierno libio y sus ataques aéreos.
Francia y Gran Bretaña se sumaron a la presión de Estados Unidos y el ministro de Relaciones Exteriores francés, Alain Juppé, dijo que ambos países respaldarían la idea de establecer una zona de exclusión aérea sobre Libia si las fuerzas de Kaddafy continuaran atacando a los opositores. Su par de Italia, el país que hasta el momento había sido el más condescendiente con el dictador libio debido a sus intereses petroleros y comerciales en dicho país, estimó que Kaddafy ya no es un interlocutor válido a la hora de buscar soluciones para el conflicto en Libia.
Mientras los líderes de las democracias consolidadas deliberan sobre la forma más efectiva de apoyar a los rebeldes en Libia, las masacres y los bombardeos sobre población civil se siguen sucediendo. En este contexto, garantizarles el espacio aéreo a los rebeldes para evitar bombardeos sobre población civil resulta una medida necesaria desde lo humanitario y estratégica desde lo militar. Debería ser un piso de presión y de intervención a partir del cual las potencias democráticas intenten colocar en mayor paridad de condiciones a las fuerzas en tierra y darle un nuevo impulso a la desgastada ofensiva opositora.
* Estudiante avanzado de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario (Argentina) interesado especialmente en el derecho y la política internacionales. Columnista de varios medios y de www.democracialibreya.blogspot.com.
Becario de la organización Fulbright y de la Fundación Friedrich Naumann Stiftung fur die Freiheit para asistir a cursos y seminarios en Estados Unidos y Alemania. Contacto: rmicheletti@observanto.net.