El mundo árabe en ebullición: cuatro escenarios posibles
Adriano Bosoni
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31/01/2011 - 16:19 |

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Revueltas en El Cairo - Imagen: AFP
Las protestas sociales que en las últimas semanas se expandieron por el mundo árabe como reguero de pólvora abren interrogantes sobre el futuro de un conjunto de naciones acostumbradas a vivir bajo regímenes autoritarios. Aunque las revueltas más feroces se encendieron en Túnez –donde el presidente Ben Ali debió abandonar el cargo ante la presión popular- y en Egipto –donde la conducción de Hosni Mubarak pende de un hilo-, también se registraron alzamientos en Argelia, Siria, Jordania, Yemen e incluso Marruecos.
Si bien cada escenario tiene sus peculiaridades, existe en todos los casos un elemento común: la creciente desconexión entre elites gobernantes que se perpetran en el poder durante décadas y poblaciones que reclaman mejores condiciones de vida. Estos regímenes no son solamente autocráticos –Mubarak lleva 30 años al frente de Egipto, Ali Abdalá Saleh acumula 31 en Yemen, y Ben Ali acarreaba 24 al momento de renunciar- sino que además están acusados de corrupción, nepotismo y represión de la disidencia.
Sin embargo, no se puede esperar que las actuales revueltas deriven necesariamente en regímenes más plurales y transparentes. Por el contrario, para estas atribuladas naciones árabes se prevén cuatro posibles escenarios, la mayoría de los cuales no implican una transición hacia la democracia genuina.
La primera posibilidad es que las autocracias actuales resulten reemplazadas por autocracias aggiornadas. Es decir, que se produzca un cambio de nombres sin cambios esenciales de sistema. Si ello ocurre, las vetustas elites dirigentes serían reemplazadas por otras que, lejos de introducir reformas sustanciales, sólo representarían un cambio de fachada.
Este escenario podría complacer a Occidente porque, en última instancia, lo importante para los gobiernos de Estados Unidos y Europa es la “estabilidad” de los países árabes y la protección de los intereses occidentales en la región. Desde hace décadas, el mundo desarrollado apoya regímenes autoritarios en todo el planeta con tal de que sean funcionales con objetivos que van desde la provisión de petróleo y la lucha contra el terrorismo hasta el reconocimiento de Israel y, más recientemente, el aislamiento de Irán.
La segunda alternativa es que los gobiernos actuales sobrevivan a las manifestaciones. Si bien el contexto particularmente grave de Túnez empujó a Ben Ali a la renuncia, la situación podría descomprimirse en los demás países. En Argelia –punto de partida de esta oleada de protestas- las autoridades luchan para contener la ira que desató el aumento de los precios de alimentos básicos. En Jordania, el rey Abdalá prometió reformas políticas y económicas para aplacar el descontento ciudadano. Lo mismo ocurre en Arabia Saudita, Siria y otras naciones cuyos pueblos reciben inspiración ante las revueltas egipcias y tunecinas.
La tercera posibilidad es que las autocracias sean reemplazadas por movimientos islamistas. Es un argumento que a menudo utilizan los líderes actuales para perpetuarse en el poder: sin ellos al frente de sus naciones, todo el mundo árabe podría caer en manos de los extremistas. Esta amenaza ha sido esgrimida por Mubarak, quien señala el creciente poder de la agrupación Hermanos Musulmanes como un ejemplo de lo que podría ocurrir si abandona la presidencia de Egipto.
Esta tesis es compartida, aunque con intereses opuestos, por Irán, país que vaticina para el Magreb y Oriente Medio una oleada de revoluciones similares a la de 1979. Tal escenario, agradable a Teherán, le generaría indescriptibles dolores de cabeza a Washington y alteraría en forma sensible el balance de poder en una de las zonas más calientes del planeta. Pero, de momento, no parece tener mayor fundamento: los manifestantes no reclaman el establecimiento de Repúblicas Islámicas, sino trabajo y mejores condiciones de vida.
Finalmente, podría ocurrir que los regímenes actuales se conviertan en verdaderas democracias. Aunque sería sin dudas el escenario más deseable, es poco probable que el norte de África y los territorios que lo circundan adopten una transformación tan radical, al menos en lo inmediato. No es realista esperar que décadas de corrupción, autoritarismo y desigualdad desaparezcan de un día para el otro.
Sin embargo, un hecho es innegable: en todas estas sociedades el pueblo ha podido comprobar el poder que tienen las manifestaciones callejeras. En consecuencia, dependerá de gobernantes y gobernados la decisión de cómo manejar las protestas que amenazan con derrumbar a media docena de regímenes anquilosados e ineficaces.
* Editor General de Observanto. Licenciado en Periodismo (Universidad del Salvador, Argentina) y Master en Relaciones Internacionales (Università di Bologna, Italia). Realizó cursos de posgrado sobre instituciones políticas y desarrollo económico. Posee amplia experiencia en prensa gráfica, radiofónica y digital, y escribe asiduamente columnas de análisis y opinión. En 2009 publicó el libro “La Unión Europea y sus instituciones”. - Contacto: abosoni@observanto.net