[OPINIÓN] Crisis política y reclamo de democracia en el norte de África
Pablo Maldonado
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29/01/2011 - 16:17 |

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Proststas en Tunez - Imagen: Getty
Por estas horas una porción del mundo árabe vive serias y conflictivas escenas de tensión política y social. Con epicentro en el norte de África –Túnez, Egipto y Argelia-, pero también en Oriente Medio y otras latitudes, cada vez son más los levantamientos populares que reclaman mejores condiciones de vida y cambios en el sistema político.
Uno de los estallidos más fuertes tuvo lugar en Túnez, donde las protestas que llevaron a la caída del régimen de Ben Ali, consecuencia de su particular manera de ejercer el poder, provocaron confusión política en el atribulado país magrebí. Túnez afronta momentos difíciles, debido a los intensos cambios que se pretende de una porción significativa de la sociedad. Esa porción relegada pretende para sí un cambio con el pasado y una vuelta de página en su tensa historia.
El gobierno de Zine El Abidine Ben Ali se ha caracterizado por una acción política autoritaria y corrupta. Las turbias acciones dinásticas de la familia gobernante y las constantes subas de los precios de la canasta básica de alimentos provocan –desde hace 23 años- una violencia simbólica hacia las bases sociales más desfavorecidas del país, que en las últimas semanas se tradujo en protestas callejeras. Al mismo tiempo, la desgastada y estancada maquinaria del Estado se ha vuelto incapaz de revitalizar su fuerza negociadora con la sociedad, en un contexto de operaciones fraudulentas y prebendas por parte de un gobierno cuestionado por la manera que ha llevado adelante el concepto de lo político.
El resultado de estos hechos es la vergonzosa salida de un gobernante y su íntimo círculo hacia el extranjero por miedo al linchamiento social, dado que Ben Ali y sus ministros son hoy acechados judicial y políticamente, más allá del desprestigio ganado en el seno de la sociedad tunecina.
Cuando un gobierno establece medidas en contra de intereses básicos de la sociedad y las fundamenta con intereses sustentados en el despotismo, resulta razonable que la ciudadanía reclame un cambio de rumbo. Sin embargo, el flamante gobierno de transición enfrenta desde su nacimiento un panorama repleto de dificultades. Liderado por Fouad Mebazaa –quien hasta la salida de Ben Ali presidía la Cámara de Diputados y que reemplazó al efímero Mohamed Ghannouchi, primer ministro del depuesto Ben Ali y presidente por un día-, el Ejecutivo provisional tambalea carente de legitimidad al estar configurado en parte por figuras desgastadas y escindidas del oficialismo hoy devenidos en independientes.
La sociedad civil tunecina necesita por sobre todo continuar con su ritmo diario, es decir, necesita soluciones urgentes para problemas estructurales. Sin embargo, a pesar de que el nuevo gobierno se ha depurado de hombres de la vieja guardia –el gabinete ministerial de Ben Ali casi en su totalidad hoy es perseguido por la Justicia-, la tensión continúa y pretende arraigarse de manera contestataria.
Regionalización de la revuelta, más allá del Magreb
Por su parte, en Egipto por estas horas la “ira y la libertad” son las palabras más utilizadas por la sociedad que se ha volcado a las calles para protestar contra la inflación que llega a un 40% en alimentos básicos y a una pobreza que alcanza a la mitad de la población.
El Gobierno de Hosni Mubarak, quien ya lleva tres décadas en el poder; se encuentra en un punto límite, debido a que el pueblo se ha establecido en la calle y el poder ejecutivo se retrae con medidas como la desconexión de Internet y las telecomunicaciones móviles, y una política anti-disturbio muy fuerte. En un intento por descomprimir tensiones –y emulando lo ocurrido en Túnez- también el régimen Mubarak ha cambiado a todo su gabinete, aunque ello no garantiza la estabilidad, y el deslegitimado gobierno pende de un hilo.
Sumado a la tensión, Mohamed el-Baradei, un diplomático con cintura política propia, ex Director de la Agencia Internacional de Energía Nuclear (AIEA) y ganador del premio Nobel de la Paz en 2005, ha regresado a El Cairo con el objetivo de encabezar la ardua tarea de establecer un gobierno de transición. Aunque la oposición se muestra en este caso como el camino del cambio, el activador de los reclamos es la sociedad, afectada por años de medidas económicas desfavorables y por la corrupción dictatorial imperante.
Pero Egipto no es el único país a donde la revuelta popular se expande. Argelia ha experimentado unas manifestaciones populares que, aunque tímidas, habrían dejado decenas de heridos. Más allá del Magreb, Yemen y Jordania, si bien países con perfiles muy distintos desde lo político y lo económico, hoy se encuentran en situaciones similares a las tensas horas que se viven en el norte africano.
Yemen atraviesa una dura crisis, con una tasa de desempleo del 12% y un cuantioso déficit público. Desde lo político, ello coloca al país musulmán en una situación similar a la de Egipto. El gobierno de Ali Abdullah Saleh, que el próximo mes de mayo cumplirá 31 años en el poder, administra una nación pobre, endeudada y con una estructura social corroída. En este contexto, la ciudadanía reclama un profundo cambio que oxigene la escena nacional y que vaya hacia una transición que provoque una maduración de las bases del sistema político.
El creciente malestar social que se verifica desde Túnez hasta Yemen, desde Egipto hasta Argelia, desnuda las profundas contradicciones que en estos países existe entre la clase dirigente y la sociedad. El resultado de esta desconexión entre gobernantes y gobernados es el surgimiento de protestas que abren un camino irreconciliable que sólo buscará el cambio. Existe en estos países una matriz autoritaria y una sucesión de medidas impopulares que reproducen una situación alarmante para el futuro de estas sociedades. Ello se traduce en un ambiente de incertidumbre y de profundo deterioro de las relaciones entre el Estado y la sociedad. La democracia es en estos países es nula, y sólo el establecimiento de condiciones que robustezcan el sistema político junto con el sistema de partidos podrá engendrar la columna vertebral de la transformación de la democracia en el respeto a las normas y las demandas sociales.
En síntesis, esta situación de protesta y la alta conflictividad debería servir como llamado de atención para aquellos gobernantes de cualquier parte del mundo que posean la concepción de una democracia atemporal, relativista y seriamente sectaria. La democracia se basa especialmente en el consenso y el disenso para los acuerdos de gobernabilidad y respeto por las instituciones sanas. Los casos del mundo árabe reflejan el hastío hacia prácticas dictatoriales que inevitablemente caerán en derrota. Lo importante es ver a tiempo tales dificultades y actuar en consecuencia.
* Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario (Argentina) y Magíster en Comercio Internacional de la Universidad del Salvador. Profesor de Economía Internacional y Profesor Interino de Teoría del Estado, Universidad del Salvador (USAL, Ciencias Económicas).