Estados Unidos y China ratifican su matrimonio por conveniencia
Adriano Bosoni
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21/01/2011 - 19:47 |

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Dos potencias se saludan - Imagen: AFP
La visita del presidente chino Hu Jintao a su par norteamericano Barack Obama ilustra con claridad la forma en que funciona el mundo a comienzos del siglo XXI: un matrimonio por conveniencia en donde los cónyuges –un gigante herido y una potencia en ciernes- se ven obligados a cooperar aunque no los una la confianza sino la necesidad.
Esta dependencia recíproca se verifica por el simple hecho de que ambas economías se necesitan mutuamente para poder sobrevivir. Los dos países han desarrollado tal grado de dependencia comercial y financiera que, aunque probablemente desearían hundir a su competidor, saben que de momento están obligados a convivir. Al mismo tiempo, Estados Unidos requiere de China para encarar numerosos puntos de su agenda geopolítica –desde Corea del Norte e Irán hasta la propia guerra de Afganistán- a la vez que Beijing pretende legitimarse ante el mundo como una potencia equiparable a Washington.
En varios aspectos, esta cumbre evoca a otras del pasado. En 1978 Deng Xeoping, el arquitecto de las reformas que permitieron el espectacular crecimiento de China, visitó a Jimmy Carter con el objetivo de consolidar el proceso de acercamiento que ambas naciones estaban experimentando. El éxito de esta reunión fue el corolario de la “coexistencia pacífica” que Richard Nixon y Henry Kissinger habían buscado como contrapartida del poderío soviético.
En dicha oportunidad, el entonces viceprimer ministro –que poco después se convertiría en el hombre más poderoso de China- sorprendió a propios y ajenos al ponerse un sombrero de cowboy y visitar sonriente una fábrica de Coca-Cola, símbolo inconfundible del capitalismo internacional. Se trataba de una estrategia que tenía dos objetivos: por un lado, daba comienzo al proceso de apertura china hacia el mundo occidental. Pero sobre todas las cosas, buscaba mostrar a China como una potencia pacífica, de cuyo crecimiento el planeta no debía asustarse.
Algo parecido ocurrió en esta cumbre, aunque fue el presidente norteamericano quien se esforzó por presentar a China como un aliado al que no hay que temer. En este marco, las dos potencias anunciaron un acuerdo gracias al cual la nación asiática se compromete a comprar productos norteamericanos por una suma en torno a los 45.000 millones de dólares.
Según funcionarios de la Casa Blanca, esta alianza permitirá la creación de más de 200.000 puestos de trabajo en Estados Unidos. Tal vez ello contribuya a distender las tensiones que existen en otras áreas de la economía, como el polémico valor de la moneda china y el escaso respeto por las patentes que se verifica en la nación oriental.
Una potencia a la que se le hace cada vez más difícil ocultarse
En 1978 como ahora, el Partido Comunista Chino está especialmente preocupado por no despertar la inquietud de Occidente ante el crecimiento del gigante asiático. En las últimas tres décadas, los funcionarios chinos han hecho sus mayores esfuerzos por mostrar a su país como un buen vecino en la comunidad internacional. De hecho, salvo algunos aspectos especialmente sensibles –como la cuestión del Tíbet o el estatus de Taiwán- China ha procurado mostrarse siempre como un interlocutor de buena voluntad con sus colegas occidentales.
Nuevamente, la diplomacia china preparó el terreno de esta cumbre con gestos de buena voluntad. A comienzos de enero, el Secretario de Defensa Robert Gates visitó las instalaciones nucleares del gigante asiático, en un esfuerzo por aumentar la confianza entre ambas naciones. Poco después China revaluó sutilmente su moneda para complacer a sus colegas norteamericanos. A primera vista este cortejo parece haber funcionado: al recibir a Hu, Obama habló de “competencia pacífica” para describir la relación entre los dos polos de poder.
Sin embargo, a China se le hace cada vez más difícil ocultar su condición de potencia que aspira competir cara a cara con Estados Unidos por la supremacía mundial. Desde que comenzaron las reformas a fines de los años setenta, el país ha experimentado un crecimiento económico descomunal, con tasas de expansión que rondan en el 10% anual. De la mano de esta performance, la influencia del gigante asiático se ha extendido a todo el planeta, con millonarias inversiones que van desde Asia hasta África, incluyendo un progresivo desembarco en América latina.
Ello implica una presencia no solamente comercial: de acuerdo con el diario Financial Times, entre 2008 y 2010 China prestó a los países en desarrollo 110.000 millones de dólares. Entre los principales receptores de préstamos figuran las otras naciones emergentes que conforman el Grupo BRIC y que abogan por un nuevo orden internacional: Brasil, Rusia y la India. Esta cifra supera no solo a los préstamos que ofrece Estados Unidos, sino incluso a los del Banco Mundial.
En el aspecto estrictamente político, China también tiene una llave que podría destrabar numerosos conflictos vigentes, desde los programas nucleares de Corea del Norte e Irán hasta la evolución de la guerra en Afganistán. Ello ha llevado a que la diplomacia norteamericana multiplique sus esfuerzos para que China adopte un rol más activo en la resolución de cuestiones sensibles a la política exterior de Washington.
Pero estos dos países también se necesitan por cuestiones más cruciales. Desde hace años China financia el consumo desmedido de Estados Unidos mediante la compra irrestricta de bonos del Tesoro. De hecho, el Banco Central chino posee hoy en sus arcas más dólares que la Reserva Federal. A su vez, China inunda el territorio norteamericano con productos de bajo costo que los estadounidenses consumen sin reparar en su origen.
Ello explica hasta qué punto China y Estados Unidos dependen el uno del otro, no solamente en los principales aspectos de la agenda internacional –terrorismo, proliferación nuclear, calentamiento global-, sino también en la supervivencia económica recíproca. A ninguno de los dos le conviene el colapso de su socio, porque ello traería graves problemas para las propias finanzas.
Los derechos humanos, un tema espinoso
En los últimos años, el “fenómeno China” ha despertado en Occidente fascinación y temor por partes iguales. Los defensores de la potencia emergente a menudo quedan deslumbrados por el aspecto económico del crecimiento chino, y olvidan las constantes violaciones a los derechos humanos y las restricciones a las libertades civiles que el Partido Comunista inflige a millones de hombres y mujeres. La respuesta oficial del PCCh, que numerosos intelectuales occidentales comparten, es que se trata de “asuntos internos” que eventualmente se resolverán. Muchos analistas acompañan esta visión y miden los excesos chinos con una vara diferente a la que se utiliza en el resto del mundo.
No obstante, la cuestión de los derechos humanos es un tema que está siempre presente cuando un líder chino visita Estados Unidos o alguna capital europea. De hecho, el propio Hu hizo referencia a este tema y prometió a Obama que su país hará “mayores esfuerzos” para expandir la democracia y proteger las libertades individuales.
En rigor, el presidente chino puede darse el lujo de hacer todas las declaraciones a favor de los derechos humanos que Occidente quiera: probablemente nadie en su país las lea o las escuche gracias a la férrea censura que ejerce el Partido. De este modo quedan todos contentos: Estados Unidos limpia su conciencia y China renueva un “compromiso” que no está obligada a respetar.
¿Un nuevo orden mundial?
Hace tres décadas, cuando Deng Xiaoping visitó Washington, el mundo era genuinamente bipolar, con Estados Unidos y la Unión Soviética como contendientes por la dominación planetaria. El panorama no es tan claro en el siglo XXI, puesto que ahora son muchas las potencias emergentes que reclaman su lugar en el tablero internacional. Sin embargo, las inusuales dimensiones –económicas pero también militares- de China parecen colocarla un escalón más arriba que los demás competidores en el afán por disputar la supremacía norteamericana o, al menos, pararse de igual a igual.
En un mundo que poco tiempo atrás se ilusionó con el surgimiento de un Grupo de los 20 (G-20), que reúne a un mayor número de países y reemplazaría la hegemonía de Estados Unidos en el gobierno planetario, la reciente cumbre entre Barack Obama y Hu Jintao se asemejó demasiado a una nueva estructura bipolar de poder, con dos socios que están unidos más por necesidad que por convicción. ¿Ha nacido un flamante “G-2”?
* Editor General de Observanto. Licenciado en Periodismo (Universidad del Salvador, Argentina) y Master en Relaciones Internacionales (Università di Bologna, Italia). Realizó cursos de posgrado sobre instituciones políticas y desarrollo económico. Posee amplia experiencia en prensa gráfica, radiofónica y digital, y escribe asiduamente columnas de análisis y opinión. En 2009 publicó el libro “La Unión Europea y sus instituciones”. - Contacto: abosoni@observanto.net