Cuando la hiperpotencia no puede cuidar sus secretos

Adriano Bosoni *   | 03/12/2010 - 23:05 |  | Enviar por e-mail |
El sitio de la polémica - Imagen: Wikimedia
La reciente difusión de documentos diplomáticos estadounidenses, que el sitio web Wikileaks realizó en cooperación con un grupo selecto de diarios de primer nivel internacional, puso a la Casa Blanca de Barak Obama en una situación incómoda y abrió un intenso debate sobre el rol que los medios de comunicación tienen en el terreno de las relaciones internacionales. Sin embargo, esta filtración –calificada como la más grande de la historia- tiene un valor más documental que revelador.

En rigor, los cables diplomáticos que difundió Wikileaks no dicen nada que no hubiera sido escrito antes por periodistas o intelectuales. Por lo tanto están lejos de poner en riesgo la seguridad mundial, como quisieron argumentar algunos sectores –entre ellos, el propio gobierno estadounidense-. Incluso los segmentos más candentes, como aquellos que denuncian el doble rol que Pakistán juega con Washington y con la insurgencia talibán, o la revelación de que la Casa Blanca presionó a países aliados para que recibieran presos de Guantánamo, son material habitual en diarios, revistas, libros y publicaciones especializadas.

Otros temas, como la creciente presencia de Irán en América latina, la estructura de poder en la Rusia de Putin y Medvédev, las pretensiones de China sobre sus vecinos o la percepción que el Departamento de Estado tiene de los principales líderes del planeta, también son asuntos conocidos por cualquier periodista o analista internacional. Desde este punto de vista, las filtraciones sólo contribuyen a corroborar informaciones que la prensa y la academia ya conocían.

Por lo tanto, el valor de estas “goteras” no reside tanto en su carácter “revelador” como en la crudeza con que desnudan los principales temas políticos de la actualidad. Leyendo estos documentos el lector puede darse una buena idea de cómo funciona el mundo de comienzos del siglo XXI, o al menos cómo cree Estados Unidos que ese mundo funciona. Estas “revelaciones” ofrecen una mirada intimista, descarnada, sobre el modo en que los funcionarios norteamericanos perciben a su entorno. Son documentos que permiten al ciudadano corriente convertirse por unos instantes en una mosca en la pared del poder, capaz de escuchar conversaciones privadas y entrometerse en reuniones secretas.

En otras palabras, son una fascinante postal de la época que vivimos. Estos archivos desnudan a unos Estados Unidos debilitados ante un planeta que puja por volverse multipolar, y delinean un escenario donde cada vez son más los actores que recelan del poderío norteamericano y buscan construir sus propias esferas de influencia.

Su valor, por lo tanto, radica en la mirada despojada que ofrecen sobre las relaciones de poder en el tablero internacional. Aquí no hay declaraciones “políticamente correctas” o poses para la foto. Por el contrario, los documentos muestran la labor cotidiana de funcionarios norteamericanos que reportan sus percepciones sobre el mundo. Y aunque ello le haya significado más de un dolor de cabeza al Departamento de Estado –la propia Hillary Clinton se vio obligada a hacer varias decenas de llamados telefónicos pidiendo disculpas a los afectados- todas las partes involucradas saben que la diplomacia de cualquier país trabaja de ese modo.

En este punto radica, paradójicamente, el aspecto más sensible de las filtraciones: en el siglo XXI hasta la mayor hiperpotencia de la Tierra tiene problemas para ocultar sus secretos. Es allí donde se esconde la principal amenaza de este episodio, porque la labor diplomática podría resultar afectada. Es posible que, de aquí en más, los funcionarios estatales decidan moderar las palabras que utilizan en los reportes ante sus superiores por temor a que la prensa acceda a ellos. Esto debilitaría la labor diplomática y le quitaría a los Ministerios de Relaciones Exteriores una herramienta crucial para elaborar la política exterior.

El desafío para los Estados radica, entonces, en aprender a vivir en un entorno donde resulta cada vez más difícil guardar secretos, y donde la protección de datos contra posibles “cyber-ataques” o “cyber-filtraciones” resulta tan esencial como la protección de los ciudadanos y la defensa militar. Compleja tarea para una hiperpotencia que tiene tantos secretos para cuidar.

* Editor General de Observanto. Licenciado en Periodismo (Universidad del Salvador, Argentina) y Master en Relaciones Internacionales (Università di Bologna, Italia). Realizó cursos de posgrado sobre instituciones políticas y desarrollo económico. Posee amplia experiencia en prensa gráfica, radiofónica y digital, y escribe asiduamente columnas de análisis y opinión. En 2009 publicó el libro “La Unión Europea y sus instituciones”. - Contacto: abosoni@observanto.net

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