Viraje en la política exterior colombiana – Segunda parte
Luis Fernando Pacheco Gutiérrez
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08/09/2010 - 19:25 |

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Santos y Lula - Imagen: AFP
Sin dudas Uribe fue un lector consumado de las tesis del realismo que hicieron furor en el mundo académico y político norteamericano en los años setenta. Su llegada al Palacio de Nariño consolidó la verticalización de los temas de la agenda exterior en torno a su política de Seguridad Democrática. Sus principales objetivos en materia diplomática fueron cerrar las fuentes de apoyo político a las FARC, convencer a la comunidad internacional de la necesidad de unirse contra los grupos guerrilleros y elevarlos a la categoría de terroristas.
Estos objetivos fueron trazados de forma directa a través de múltiples intervenciones y viajes, e indirecta adecuando el perfil de Cancillería a estas necesidades. Ello acarreaba numerosos inconvenientes: discontinuidad en la política exterior y descuido de otros temas vitales para el país, como la inclusión regional, la política ambiental o la contención económica en medio de la crisis.
En rigor, hacer un balance sobre el nuevo equipo de Relaciones Exteriores sería injusto con el gobierno puesto que significaría comparar cuatro años con tan solo un mes y el primer gabinete suele ser muy técnico y capaz para afrontar los primeros retos. Sin embargo, el criterio seleccionador de perfiles que ha aplicado Manuel Santos parece mucho más acertado en los parámetros de las relaciones internacionales que el utilizado por su antecesor.
Uribe inició sus ocho años de gobierno con una funcionaria de reconocido nivel, Carolina Barco, hija del ex presidente colombiano Virgilio Barco y formada en Estados Unidos, de donde era oriunda su madre. Esta funcionaria se desempeñó como cabeza del cuerpo diplomático desde 2002 hasta 2006, y fue reemplazada tras la crisis diplomática provocada por el ex presidente Andrés Pastrana, quien ostentaba la dignidad de Embajador ante Estados Unidos.
Barco fue enviada a Washington y reemplazada por la ex ministra de Cultura María Consuelo Araújo, carente de experiencia en el sector exterior, quien a su vez renunció en febrero de 2007 ante la vinculación de su padre y de su hermano (ex ministro y Senador respectivamente) con grupos paramilitares y por su participación en delitos de lesa humanidad. Entonces el Presidente, en una decisión errónea, nombró en su reemplazo a Fernando Araújo, un ex secuestrado de las FARC que se había fugado un par de meses antes.
¿El objetivo de la jugada? Mostrar a la comunidad internacional la ignominia de los grupos guerrilleros con la experiencia de vida del nuevo Canciller. El éxito de dicha estrategia es difícil de evaluar, pero sí sus fracasos y sus limitadas acciones en el campo de la política exterior. Por ello fue reemplazado en 2008 por Jaime Bermúdez, amigo personal del Presidente y quien estuvo al frente de uno de los periodos más grises de la actividad del Palacio de San Carlos, sede de la cancillería colombiana. Bermúdez atravesó más de seis crisis diplomáticas continuas y ningún logro. Por ejemplo, la ratificación del tan anhelado Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos no fue posible
A ello han de sumarse las continuas críticas que Uribe recibió por el nombramiento en embajadas y consulados de personal no calificado y vinculado con el pago de favores políticos –en especial la aprobación de su primera reelección- a las bancadas de Senado y Cámara. Además de una identificable línea de acción en los cuatro cancilleres, un sometimiento al direccionar del tema de seguridad como primordial y un actuar gris (con matices en cada uno de los cuatro ministros) respecto a la actuación del gobierno, el cual intervenía constantemente en las crisis desde la Secretaría de Prensa de la Presidencia, pasando por alto a la Cancillería.
¿Una nueva era en las relaciones exteriores de Colombia?
Teniendo en cuenta tales antecedentes, Santos sorprendió con el nombramiento de María Ángela Holguín como ministra de Relaciones Exteriores. Holguín tiene en su currículum estudios en politología, diplomacia, estrategia, gestión pública y alto gobierno en las mejores universidades de Bogotá, París y Washington. También posee experiencia como viceministra, embajadora ante Venezuela y Naciones Unidas, además de directiva del BID, de la Corporación Interamericana de Inversiones y de la Corporación Andina de Fomento.
En su experiencia no formal resaltan dos hechos: primero, su pública confrontación con Uribe (de quien fue embajadora ante Naciones Unidas) por el nombramiento en la representación diplomática de familiares de congresistas sin experiencia en el sector, hecho que motivó su renuncia y el disgusto del ex mandatario; y segundo, la sorpresa que causó su nombramiento por no ser cercana a Santos ni a su campaña. Este último factor permite confiar en que las razones que motivaron su designación fueron las capacidades que la han destacado y el conocimiento del tema colombo-venezolano, que por cierto preocupa a diversos sectores en ambos lados de la frontera.
Muy ligado al asunto anterior, los primeros días dejan ver un estilo de gobierno que “permite actuar” a los ministros, donde Santos ha buscado no tener mayor protagonismo y espera que desde Cancillería, Defensa y Comercio Exterior se recompongan las relaciones con Caracas y Quito, rotas por las acusaciones mutuas (que datan del gobierno Uribe) de cooperación con las guerrillas.
Parece que nos acercamos así al modelo clásico de la posguerra Fría con un desarrollo de diplomacia horizontal donde todos los asuntos ocupan una misma escala, con prevalencia según el momento histórico y en el que por primera vez en ocho años la seguridad deja de ser el único tema, y la cooperación deja de ser entendida como la venta y compra de armamentos y respaldo al ejército.
En este aspecto son muchos los optimistas que esperan que el nuevo estilo llegue a las diferentes representaciones diplomáticas en el exterior, donde el criterio único de selección ha sido la amistad con el gobierno de turno y la ineficacia tanto en el diálogo con gobiernos extranjeros como en la atención consular a nacionales colombianos y foráneos.
Finalmente, y como se ha resaltado, es prematuro hacer un balance de ambos estilos en tan breve tiempo, pero las señales parecen ser positivas para tranquilidad de quienes esperan que la política exterior colombiana deje de ser un apéndice de los propósitos temporales del gobierno, para ser orientadora de un nuevo rumbo en el desarrollo del Estado. Solo el tiempo permitirá determinar hasta donde el optimismo se tornó en ingenuidad.
* Es colombiano de nacimiento. Abogado, Egresado del Curso Superior de Defensa Nacional de la Escuela de Defensa Nacional y Candidato a Magister en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata. Director del Observatorio de Colombia del Centro Argentino de Estudios Internacionales CAEI y Coordinador de Relaciones Institucionales de Observanto. Ha sido Docente, Investigador y Administrativo Universitario.