Viraje en la política exterior colombiana –Primera parte
Luis Fernando Pacheco Gutiérrez
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07/09/2010 - 23:30 |

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Santos y Olguín
- Imagen: El Espectador
A un mes de la asunción al poder del presidente colombiano Juan Manuel Santos, la evaluación es positiva. Basta ver los índices de apoyo popular, que según un estudio realizado a fines de agosto por el Centro Nacional de Consultoría alcanzan el 84%. Y no solo esto, pues pese al atentado terrorista en el corazón financiero de Bogotá, en la emisora Caracol Radio, los primeros días del jefe de Estado han sido tranquilos en comparación a los de sus antecesores.
Pocos esperaban bruscos cambios en el modelo de Estado concebido por Santos, si se tiene en cuenta que fundó la principal colectividad de la política uribista, y se desempeñó como su ministro de Defensa (el sector de mayor relevancia para el gobierno del ex Presidente) en los periodos en los que se obtuvieron los más importantes logros militares frente a los grupos guerrilleros. Sin embargo, las sorpresas en el primer mes no han sido pocas, y uno de los campos de mayor variabilidad es, sin lugar a dudas, el diseño de la política exterior.
Pasamos de un manejo de las relaciones internacionales con eje en Norteamérica, confrontación y un curioso remedo de la realpolitik de la Guerra Fría, a un manejo prudente, en cabeza de profesionales de la diplomacia, con miras al sur –especial énfasis en Brasil- y en Europa (la tendencia Santos a las denominadas políticas de tercera vía de Blair son conocidas), y un manejo independiente de asuntos como la seguridad respecto a la agenda exterior colombiana. Pero ¿qué tan profundo es el giro?; ¿cuáles son sus implicaciones?
La relación de Colombia con Estados Unidos
Indudablemente el modelo colombiano tuvo una tendencia unipolar y sin interrupciones prácticamente durante todo el Siglo XX. La problemática del narcotráfico y el terrorismo en torno a los años ochenta afianzó el lazo de cooperación que se evidenció en temas comerciales (Estados Unidos es el principal socio de Colombia en materia de comercio exterior y se mantienen acuerdos de preferencias arancelarias con renovación permanente como el APTA-APTDEA), en alianzas internacionales como el Plan Colombia (destinado al apoyo en infraestructura para combatir al terrorismo y al narcotráfico) y sobre todo, en el diálogo bilateral y de relación armoniosa Washington-Bogotá, evidente en los gobiernos de Bush (padre), Clinton, Bush (hijo) y de Barack Obama (moderadamente), con una leve interrupción durante la presidencia de Ernesto Samper, señalado de mantener vínculos con el Cartel de Cali (mafia narcotraficante que imperaba en el suroccidente del país).
La cooperación se afianzó con el gobierno de Uribe, que aplicó fielmente la teoría del combate contra el terrorismo enarbolada por Bush, llevada incluso a la práctica como justificación del bombardeo a Sucumbíos (Ecuador) en un campamento de la guerrilla colombiana FARC, en marzo de 2008. Para ningún analista resultó difícil notar el interés de Colombia en apoyar las iniciativas que impulsaba Washington (la invasión a Irak que Colombia apoyó fue otro buen ejemplo) y vetar, o por lo menos cooperar mínimamente, con las que no iban en esta línea (como por ejemplo la adhesión a UNASUR).
Si bien algunos se atrevían a vaticinar sutiles cambios con la llegada de Santos, la realidad superó las predicciones porque el viraje incluso fue anterior al 7 de agosto, fecha en la que asumió conforme a la costumbre protocolar el nuevo mandatario. Santos inició dos giras continuas cuyos principales destinos fueron Europa (con escalas en Londres, Madrid, París y Berlín), y Latinoamérica (recibido por González en México, Laura Chinchilla en Costa Rica, Martinelli en Panamá, Piñera en Chile, los Kirchner en la Argentina y finalmente Alan García en Perú). Su omisión de escala en Washington fue premeditada y encaja en su interés por acercarse más al sur y al modelo de integración europeo.
Sus primeros días de gobierno afianzan la tesis de cambio de rumbo: si bien no hay ningún tipo de confrontación o enemistad con Estados Unidos, el enfriamiento de relaciones y la ausencia de la efusividad del modelo anterior son fenómenos latentes. A este panorama se sumó el pronunciamiento de la Corte Constitucional colombiana declarando la inconstitucionalidad -por motivos de trámite- del Tratado de modificación de cooperación militar que permitía a los norteamericanos utilizar siete bases militares colombianas.
Lo curioso en este caso no es el pronunciamiento judicial, sino la moderada e inmediata intervención del gobierno de Santos y de la Casa Blanca, en las que acataban las disposiciones, renovaban la buena voluntad de cooperación mutua y, en un tono mucho más bajo que los de sus antecesores, destacaban el aprecio recíproco entre ambos pueblos. Sin embargo, nada se dijo de estrategias, plazos o compromisos.
En cambio el mandatario dedicó sus primeros días a recomponer en un tono especialmente moderado y fraternal las buenas relaciones con Venezuela y Ecuador, y su primera visita oficial tuvo por destino Brasil ¿La razón? Dejar el puente en firme para cuando Rouseff o Serra asuman como sucesores de Lula Da Silva. Incluso la apuesta de Colombia por la primera es evidente, fue con ella que se reunió el Presidente colombiano aprovechando la estadía en Brasilia.
* Es colombiano de nacimiento. Abogado, Egresado del Curso Superior de Defensa Nacional de la Escuela de Defensa Nacional y Candidato a Magister en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata. Director del Observatorio de Colombia del Centro Argentino de Estudios Internacionales CAEI y Coordinador de Relaciones Institucionales de Observanto. Ha sido Docente, Investigador y Administrativo Universitario.