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La audaz jugada de Lula acelera los tiempos en Honduras


  Por:  Adriano Bosoni * 

23/09/2009 - 17:39   

 
 
 
Caos en Honduras - Imagen: Reuters
 
     

En una movida que desconcertó a buena parte de la comunidad internacional, Luiz Inàcio Lula da Silva intervino de lleno en el conflicto de Honduras y aceptó que el depuesto Manuel Zelaya se hospede en la embajada brasileña en Tegucigalpa. En rigor, se trata de una apuesta muy fuerte que no está exenta de riesgos, y en la cual el popular mandatario carioca pone en juego su credibilidad regional.

A casi tres meses del golpe que lo expulsó de poder, “Mel” Zelaya regresó de improvisto a su país y se alojó en la embajada de Brasil. La noticia tomó por sorpresa a los mandatarios de todo el planeta, que en ese momento convergían en Nueva York de cara a la Asamblea General de la ONU. En este marco, los representantes de la diplomacia carioca aseguraron que el país sudamericano no tuvo participación en el retorno de Zelaya a tierras hondureñas, pero que acogía al cuestionado líder como “huésped”. “Hicimos lo que cualquier otro país democrático haría al permitir el refugio de Zelaya en nuestra embajada”, afirmó Lula.

El presidente fue incluso más lejos. Desde Nueva York reiteró su plena solidaridad con Zelaya y declaró que “lo que debería ocurrir es que los golpistas le cedieran el lugar a quien tiene derecho de estar allí, que es el presidente democráticamente elegido por el pueblo”. Además, reclamó que la situación de Honduras sea discutida por el Consejo de Seguridad de la ONU. "La comunidad internacional demanda que el señor Zelaya sea restituido inmediatamente a la presidencia de su país y debe estar alerta para asegurar la inviolabilidad de la misión diplomática de Brasil en la capital de Honduras", sostuvo.

Si bien el apoyo de Brasil a “Mel” no es nuevo, pocos esperaban que el gobierno de Lula jugara una carta tan fuerte. Dar respaldo en el terreno discursivo y diplomático es una cosa, pero acceder a que la embajada brasileña se convierta en la base de operaciones del líder depuesto implica una movida de alto voltaje político.

De este modo, el popular presidente sudamericano pone a prueba su liderazgo regional y se mete de lleno en un conflicto cuyas derivaciones aún son impredecibles. Si finalmente la crisis hondureña se resuelve de forma satisfactoria para la comunidad internacional, Lula se habrá anotado una victoria contundente, que le permitirá afianzarse como el líder político indiscutido de Latinoamérica. Si, por el contrario, este episodio deriva en una nueva frustración, el mandatario sufrirá un importante revés político, tal vez mayor al que experimentaron los presidentes que en junio acompañaron a Zelaya en su fallido intento de retornar a Honduras en avión.

En todo caso, parece que Brasil no está solo en esta aventura. Diferentes gestos de Estados Unidos sugieren que Washington aprueba –o al menos tolera- la osadía de Brasilia. De hecho el vocero del Departamento de Estado, Ian Kelly, explicó a la prensa que el equipo de Hillary Clinton “está en contacto permanente con la embajada brasileña” y que negociaría un salvoconducto para que Zelaya y sus partidarios reciban provisiones pese al toque de queda impuesto por el gobierno de facto.

Tal estrategia se enmarca dentro del reciente –y algo tardío- endurecimiento de Washington hacia el régimen de Micheletti. Aunque en un principio la respuesta de la administración Obama al golpe fue cauta, algunas medidas posteriores (como la suspensión de las visas a los funcionarios del régimen) buscaron acallar las críticas internacionales ante la postura ambivalente de la gestión demócrata.

Como era de esperarse, la primera reacción de Micheletti fue el uso de la fuerza. Así, reestableció el estado de sitio y ordenó la represión de los manifestantes que se reunieron en torno a la embajada brasileña para dar su apoyo a Zelaya. Por lo menos una persona murió durante los disturbios, al tiempo que un centenar de ciudadanos resultaron heridos en sucesivos enfrentamientos con la policía.

Pero luego, consciente de que su gobierno está cada vez más solo, Micheleti abrió la posibilidad del diálogo. En un comunicado televisivo, el canciller Carlos López leyó un mensaje donde el presidente de facto todavía rechaza que el mandatario depuesto recupere su cargo, pero a la vez sostiene que está “listo para conversar con el señor Zelaya siempre y cuando reconozca explícitamente las elecciones pautadas para el 29 de noviembre".

Más allá de sus resultados en el largo plazo, la movida de Brasilia debilita considerablemente al régimen hondureño. Por un lado, porque muestra de forma contundente el apoyo que Brasil, y en cierta medida Estados Unidos, otorgan a Zelaya. Pero, además, porque tiene un alto contenido simbólico: el gobierno interino no sólo está aislado internacionalmente, sino que tampoco es capaz de controlar sus propias fronteras. Dicho de otro modo, el ingreso subrepticio del líder depuesto desnudó el frágil dominio territorial que ostentan los golpistas. Para peor, cada nueva muerte en las manifestaciones socavará aún más a una aventura golpista que recibe el rechazo unánime de todo el planeta.

Hasta hace unos pocos días la crisis hondureña parecía estancada. El gobierno de facto se mantenía impávido frente a la presión internacional, y la campaña electoral para noviembre ya estaba en marcha. Pero la intervención de Lula aceleró los tiempos, puesto que el escenario actual –Zelaya atrincherado en la embajada brasileña en medio de un estado de sitio- es insostenible. El final de esta turbulencia, no obstante, todavía es incierto.

 

* Editor General de Observanto - contacto: abosoni@observanto.net

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