Venezuela, Colombia y los enemigos útiles


  Por:  Adriano Bosoni * 

23/07/2010 - 20:12 |  | Enviar por e-mail 

 

 
 
 
 
     

Hugo Chávez y Álvaro Uribe se van a extrañar mutuamente. En la década que ambos compartieron al frente de sus respectivos países, cada uno de ellos sabía que podía contar con el otro para practicar su deporte favorito: utilizar la política internacional con objetivos de política interna. Tan aferrados están ambos líderes a esta práctica que decidieron seguir aplicándola aún cuando a Uribe le quedan pocas horas al frente de Colombia.

Estos dos viejos rivales se conocen en detalle, al grado de que cada uno puede calcular con precisión de relojería suiza cuáles serán los movimientos del otro. En consecuencia, recurrieron a la agresión recíproca cada vez que necesitaron dar un golpe de efecto que les permitiera lograr sus metas.

Los frecuentes episodios de tensión entre estos mandatarios generalmente se basaron en dos grandes ejes: la presencia de fuerzas norteamericanas en territorio colombiano, un hecho que irrita a Chávez; y la relación ambivalente del gobierno bolivariano respecto de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC), un factor que molesta a Colombia.

Así, en 2004 la captura en Caracas del vocero de las FARC, Rodrigo Granada, por parte del ejército colombiano desató una fuerte crisis diplomática entre los países vecinos. Meses más tarde, Chávez denunció que Colombia estaba al frente de un complot para asesinarlo y ordenó el cierre de la embajada en Bogotá. La relación entre ambos pareció encaminarse en agosto de 2007, cuando Uribe aceptó que Chávez oficiara de mediador en el intercambio humanitario con las fuerzas rebeldes. Sin embargo, tres meses después el colombiano dio marcha atrás y desató una nueva escalada verbal con el bolivariano.

Pero sin dudas el momento más dramático entre ambas naciones tuvo lugar en marzo de 2008, cuando fuerzas colombianas se introdujeron en territorio ecuatoriano y mataron al líder guerrillero Raúl Reyes. Aunque el episodio despertó una airada queja de Rafael Correa, la reacción más violenta vino de parte de Chávez, quien ordenó que las tropas bolivarianas se movilizaran hasta la frontera con Colombia. Aún cuando Uribe y Correa consiguieron bajarle el tono a la disputa, Chávez perseveró en su retórica belicista contra Bogotá durante meses.

La tensión latente volvió a estallar en julio de 2009, momento en que Estados Unidos y Colombia ratificaron un acuerdo según el cual Washington podría disponer de siete bases militares en territorio colombiano. Esta vez, la respuesta de Chávez excedió la mera diatriba verbal y ordenó un boicot comercial contra su vecino. Desde entonces el comercio bilateral se redujo considerablemente, aunque esta situación parece perjudicar más a Venezuela que a Colombia.

Cuando a comienzos de 2010 la justicia colombiana determinó que Uribe no podría acceder a un tercer mandato presidencial, Chávez se dio cuenta de que estaba a punto de perder a su enemigo ideal. El temor se hizo realidad a comienzos de junio, cuando un exultante Manuel Santos ganó las elecciones y prometió la normalización de las relaciones con Venezuela. Incómodo, el bolivariano confirmó y canceló varias veces su presencia en la jura del flamante presidente.

Fue entonces Uribe quien consideró que era hora de recuperar terreno. A pocas semanas de dejar el cargo, decidió desempolvar su argumento antichavista preferido: la denuncia de que Venezuela ampara el accionar guerrillero en su territorio. De este modo, denunció ante la Organización de Estados Americanos (OEA) una presunta connivencia entre Caracas y las FARC. Con la previsibilidad esperada, Chávez anunció la ruptura de relaciones diplomáticas con su vecino y ordenó a las fuerzas armadas que estén en “alerta máxima” ante una posible “agresión” colombiana.

En este punto, las razones de Uribe pueden ser varias. Por un lado, es evidente que el todavía presidente no está dispuesto a que Santos modere la posición ante Venezuela. A su vez, la denuncia uribista busca instalar en la sociedad la idea de que las FARC siguen siendo un enemigo temible y por ello es necesario mantener la línea dura auspiciada por Uribe –y respaldada por Estados Unidos. Con las FARC fuera de escena, las bases militares, el “Plan Colombia” y el apoyo irrestricto de Washington a Bogotá perderían su razón de ser.

Pero, por sobre todas las cosas, Uribe persigue un fin ulterior: mantenerse como la figura central de la vida política colombiana y dificultar cualquier intento de autonomía por parte de Santos. Sin ir más lejos, el presidente adelantó que estaba evaluando la posibilidad de postularse como alcalde de Bogotá, una posición que le permitirá seguir en la primera línea de la política nacional. En este punto, las primeras semanas de Santos en el poder serán determinantes para conocer qué postura tomará el nuevo mandatario ante Chávez… y ante Uribe.

Paradójicamente, el accionar de Uribe ayuda a Chávez. Cada vez que el caudillo venezolano se vio acorralado por alguna dificultad a nivel doméstico –inflación, delincuencia, crisis energética- recurrió a sus adversarios extranjeros para distraer el foco de atención. Pero al bolivariano se le están terminando los enemigos. Ya en enero de 2009 perdió a su villano favorito: George W. Bush, el inefable “mister danger” al que se le podían achacar todos los males del mundo y todos los complots contra la revolución bolivariana.

Con el ex presidente norteamericano fuera de escena, a Chávez aún le quedaba su vecino colombiano. Pero ahora que Uribe tiene un pie afuera de la presidencia y que Santos promete distensión, se hizo necesario tirar un poco de la cuerda para asegurarse de que, pese a que cambien los nombres, venezolanos y colombianos seguirán teniendo un enemigo útil del otro lado de la frontera.


* Editor General de Observanto - contacto: abosoni@observanto.net


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