Bélgica asume una Presidencia europea cada vez más debilitada


  Por:  Adriano Bosoni * 

12/07/2010 - 22:30 |  | Enviar por e-mail 

 

 
 
 
Imagen: Unión Europea
 
     

Son tiempos difíciles para las presidencias rotatorias de la Unión Europea. Por un lado, los países que ocuparon este cargo en los últimos dos años lo hicieron en medio de profundas crisis políticas y económicas internas. A su vez, el rol en sí mismo fue seriamente debilitado con las recientes reformas institucionales que introdujo la UE.

La evidencia habla por sí misma. La España de Rodríguez Zapatero llegó a la Presidencia del Consejo en el primer semestre de 2010, cuando la crisis financiera puso a la economía ibérica al borde del colapso. En este marco, el gobierno socialista tuvo que lidiar con la conducción de la Unión al mismo tiempo que luchaba desesperadamente por sacar a flote a un país en el abismo.

El resultado fue una presidencia llena de buenas intenciones pero carente de resultados concretos. No en vano numerosos medios de comunicación definieron a la española como la “presidencia invisible”. Así las cosas, Zapatero finalizó su semestre al frente del bloque con una mezcla de alivio por quitarse la carga de encima y de desilusión por la imposibilidad de aprovechar una oportunidad tan buena.

Paradójicamente la responsabilidad quedó ahora en manos de Bélgica, un país que se debate entre la opción de mantenerse unido y la posibilidad de dividirse en dos Estados. Si bien la amenaza de escisión forma parte de la vida política y social de Bélgica desde hace décadas, se agudizó en junio con la victoria electoral de la Nueva Alianza Flamenca (NVA). Esta agrupación plantea en lo inmediato que se conceda una mayor autonomía para la neerlandesa región de Flandes, con la posibilidad de que en el futuro ello derive en el establecimiento de una nación independiente.

Mientras los partidos belgas debaten sobre la conformación del nuevo Ejecutivo, el país asumió la presidencia rotativa de la UE con un gobierno interino. Los pronósticos más optimistas consideran que Bélgica tendrá un nuevo gabinete recién en octubre, cuando ya haya consumido más de la mitad de su estadía en la presidencia europea. La situación resulta tan inusual que el Presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, tuvo que organizar una conferencia de prensa con el Primer Ministro en funciones, Yves Leterme, para aclarar que Europa “confía al 100%” en la capacidad de Bélgica para conducir a la Unión.

El propio Leterme buscó llevar la mayor tranquilidad posible. Por un lado, aseguró que su país buscará objetivos “modestos” durante su semestre al frente de la Unión. En tal sentido, la prioridad belga será avanzar en la conformación de un gobierno financiero europeo que coordine las políticas nacionales con el fin de evitar nuevas crisis económicas como la actual.

Al mismo tiempo, el Primer Ministro interino destacó que la actual es una gran oportunidad para reforzar el rol del Presidente del Consejo Europeo, el también belga Herman van Rompuy. De este modo, Leterme buscó quitar presión a su país al afirmar que los belgas ya poseen un funcionario en la máxima jerarquía del edificio institucional europeo.

En rigor no es la primera vez que un país asume la presidencia rotativa en un contexto de crisis política. Ya ocurrió en 2009 cuando Mirek Topolánek fue depuesto de su cargo en plena presidencia checa de la Unión Europea. Desde entonces, Suecia ha sido el único país en afrontar esta responsabilidad en un clima de estabilidad.


¿El fin de las presidencias rotativas?

Más allá de los países puntuales que puedan ocupar la presidencia rotatoria de la Unión, en los últimos años este cargo ha perdido buena parte de su importancia inicial. Una de las causas de tal fenómeno es el notable incremento de la cantidad de miembros del bloque que se registró en el decenio pasado. Cuando en las décadas de 1950 y 1960 la entonces Comunidad Económica Europea tenía apenas seis miembros, los países ostentaban ese cargo cada tres años. Se trataba, además, de naciones con un alto grado de homogeneidad económica y política.

Ahora que la Unión cuenta con 27 miembros, cada país debe esperar trece años y medio para recibir la presidencia. Además, el bloque ha ganado en heterogeneidad: queda claro que no es lo mismo una presidencia alemana o francesa que una chipriota o eslovena. Pese a los intentos por matizar las diferencias entre socios, los “pesos pesados” siguen siendo más influyentes que sus colegas de menor relevancia económico-política.

A su vez, la sucesión de reformas institucionales ha contribuido a diluir el poder de la Presidencia del Consejo de Ministros. A mediados de los años 2000 se buscó dotar de continuidad a las presidencias mediante la creación del sistema de “troikas”, según el cual cada presidencia en ejercicio coordinaría sus acciones con la presidencia anterior y la posterior.

Pero el paso más importante en la reducción del rol de las presidencias rotativas se produjo con el Tratado de Lisboa, en vigor desde diciembre de 2009. Dicho documento creó la novedosa figura del Presidente del Consejo Europeo. Este cargo, que hasta entonces era ocupado de manera informal por el líder del país que ostentaba la presidencia semestral, pasó a tener entidad propia. A fin de dotar de mayor continuidad a la política exterior europea, se estableció que el flamante Presidente ocuparía ese cargo durante dos años y medio.

En consecuencia las presidencias rotatorias tuvieron que empezar a convivir con el Presidente permanente, sin que estuviera del todo claro cuál sería el rol de cada uno. Para complicar aún más las cosas, el Tratado de Lisboa reforzó las atribuciones del Alto Representante para la política exterior, reduciendo así el rol diplomático que hasta entonces ostentaba el país al frente de la presidencia semestral.

Desde una mirada crítica podría decirse que estas reformas no han resultado tan trascendentales como se esperaba, puesto que los cargos creados por Lisboa fueron asignados a personalidades de segundo orden y con poco peso político. En tal sentido, numerosos analistas criticaron duramente la designación de Van Rompuy como Presidente y sobre todo la de Catherine Ashton como Alto Representante. De todos modos, al menos en el espíritu de los Tratados, la Unión parece encaminarse hacia el debilitamiento de las presidencias semestrales.

Si bien no se prevé que el sistema vaya a desaparecer en el futuro inmediato, resulta esperable que continúe perdiendo peso en los años venideros. La respuesta está, como siempre, en manos de los miembros de la Unión. Son ellos quienes, tanto en la redacción de los Tratados como en la práctica cotidiana, tienen la responsabilidad de guiar el destino de las presidencias rotatorias.


* Editor General de Observanto - contacto: abosoni@observanto.net


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