¿Cómo salir de Afganistán?


  Por:  Luis Schenoni * 

25/06/2010 - 16:23 |  | Enviar por e-mail 

 

 
 
 
Imagen: AP
 
     

El hallazgo de litio en Afganistán abre una nueva dimensión para el análisis de este conflicto armado que con seguridad estará alcanzando durante este verano boreal los niveles de mayor intensidad desde su comienzo, hacia fines del 2001. Es paradójico que cuando los enfrentamientos se encuentran en un momento decisivo y el despliegue de las tropas de la OTAN crece constantemente en el marco de operaciones costosísimas, sea la economía de Afganistán y su atractivo para la inversión lo que ocupa las primeras planas de los periódicos occidentales.

Este año las bajas norteamericanas alcanzarán el mismo promedio anual que sufrían los soviéticos en la guerra que los jóvenes soldados de la URSS pelearon entre 1979 y 1989 para respaldar al régimen comunista afgano, sin éxito y con consecuencias devastadoras para su país. Entre las noticias más recientes, la muerte de un joven profesional argentino enlistado en el ejército norteamericano nos ha hecho un poco más concientes del daño indiscriminado que esta guerra –junto con la de Irak- produce entre la población estadounidense, que al ver a sus hijos morir o caer inevitablemente en la adicción a la heroína, parece estar incubando el virus de Vietnam.

Sin embargo, debemos reconocer que en esta guerra se le ha prestado muy poca atención a la economía afgana. Durante los primeros años posteriores a la invasión occidental, años que debieran haberse destinado a coordinar y financiar los esfuerzos tendientes a reconstruir el país, muy pocos se preocuparon por estos asuntos. A pesar de los ruegos de funcionarios internacionales -como Lakhdar Brahimi o Barnett Rubin-, destacadísimos especialistas –como Ahmed Rashid u Olivier Roy- e incluso el mismísimo ministro de Economía de Afganistán, Ashraf Ghani -quien advirtió con la lucidez que lo caracteriza que sin un compromiso serio para la reconstrucción Afganistán sería un ejemplo de manual de un estado fallido- Estados Unidos prefirió destinar sus esfuerzos a hostigar al “eje del mal” e invadir Irak, haciendo de este conflicto su centro de atención exclusiva por muchos años.

Durante el período posterior, el afianzamiento del poder territorial de los “señores de la guerra” aliados de occidente llevó a la desintegración del Estado, el crecimiento de las producciones ilegales como la amapola –Afganistán produce hoy cerca del 90% del total mundial, versus el 10% que producía en los últimos meses del régimen talibán-, y el tráfico a través de rutas clandestinas hacia todos los países lindantes. Aquí tampoco importó la economía: la preocupación era la guerra, otra realidad con una lógica diferente.

Al ver el altísimo impacto que ha causado la noticia del descubrimiento de litio en la prensa deberíamos preguntarnos inicialmente ¿por qué habría de importar la economía ahora que incluso la guerra ha recrudecido? Proponemos a continuación dos respuestas.

La primera de nuestras hipótesis tiene que ver con el impacto que la crisis internacional ha tenido en las actividades económicas legítimas en Afganistán. La caída del PBI del país fue del 11% en el 2009 y a pesar de las previsiones oficiales publicadas para este año -que por motivos obvios son muy esperanzadoras- se espera una caída similar de la producción durante 2010. Esto es especialmente grave si consideramos que Afganistán ya es una economía sumamente pequeña y atrasada; pensemos, por ejemplo, que con 28 millones de habitantes los afganos producen una vigésima parte del PBI de Argentina. En esta situación ni siquiera las actividades alternativas más redituables –en especial las vinculadas al narcotráfico- parecen capaces de sacar al país de la peor recesión de su historia reciente.

Claro está que toda esta situación se suma al esfuerzo fiscal que demanda la guerra -en especial el ejército nacional afgano (ANA)- y por lo tanto la deuda externa afgana también ha crecido notablemente. Esta última no sólo puede contraerse bilateralmente con las potencias aliadas, especialmente en el contexto financiero que vivieron los europeos y norteamericanos en estos últimos años, lo que obligó al presidente Karsai a quintuplicar en solo dos años la deuda del país con el FMI.

¿Acaso el descubrimiento de yacimientos de litio es un intento desesperado por reestablecer la estabilidad macroeconómica fundamental para continuar con los esfuerzos de guerra? La respuesta sería más bien negativa. Difícilmente alguien pueda disponerse a invertir en un país donde la soberanía alcanza unas pocas cuadras más allá de Kabul. Además, difícilmente una actividad de enclave como la minera logre generar mayores niveles de empleo y desarrollo.


La seducción del litio y el regreso de la Doctrina Nixon

La segunda hipótesis es un poco más interesante. Cuando la cuestión del litio invadió las secciones de política internacional fue presentada de una forma particular. El litio parecía ser una oportunidad única para cualquier inversor por su importancia para el desarrollo de tecnología de punta. Pero por alguna razón, la oportunidad se mostraba especialmente interesante para China. En algunos párrafos verdaderamente sugestivos el New York Times decía literalmente: “funcionarios estadounidenses temen que la China hambrienta de recursos tratará de dominar el desarrollo de la riqueza minera de Afganistán, hecho que podría molestar a los Estados Unidos, debido a sus fuertes inversiones en la región. Después de ganar la licitación para la mina de cobre Aynak en la Provincia de Logar, China claramente desea más, declaran funcionarios estadounidenses”.

Aunque en una primera lectura China aparece como una amenaza, esta claro que ninguna licitación en Afganistán podría prosperar sin la venia de los Estados Unidos, ni la que les otorgó la explotación del cobre de Aynak ni ninguna otra.

En The Economist la reacción de la prensa norteamericana fue recibida con escepticismo. Para el semanario británico el descubrimiento de minerales en Afganistán podría traer más desgracias que beneficios. Éste era el espíritu del artículo titulado “Oh, grandioso, otro Congo”, que sin embargo otorgó una trascendencia no menor a la posibilidad de un avance chino. Textualmente: “es bastante comprensible que China pueda querer jugar un rol más grande en un Afganistán rico en minerales, dado que China es una economía industrial de crecimiento explosivo que limita con Afganistán”

La verdad es que muy difícilmente los funcionarios americanos “teman” o “estén molestos” ante el interés de China por el litio afgano. En la situación actual cualquier ayuda exterior, incluso la china, sería bienvenida –de hecho lo es-. Más aún, todo este asunto del litio parece una llamada de atención al gigante asiático para demostrar la voluntad norteamericana de traspasar responsabilidades en la región a quien esté dispuesto a asumirlas y cosechar luego los frutos de la paz.

La idea no es en absoluto original, de hecho es la misma forma en que los Estados Unidos dejaron Vietnam. Por entonces, la estrategia diseñada por Kissinger de incluir a la China comunista a la comunidad internacional aprovechando sus diferencias con la URSS fue acompañada de un traspaso del poder hegemónico sobre la península indochina en el marco de lo que se conocería como la “Doctrina Nixon”. Fue este deslinde de responsabilidades lo que permitió a Estados Unidos retirarse tras los últimos y más violentos años de campaña militar.

Como entonces, los costos políticos de afirmar una estrategia de estas características serían enormes y por lo tanto cualquier avance en este sentido debería ser gradual y, aunque el diálogo entre Washington y Pekín sea hoy más fluido, debe realizarse a través de señales dirigidas al gobierno y a un nuevo actor que no existía en los años 70: los mercados de inversión chinos ¿Será el litio motivo suficiente para seducir a China y diseñar una retirada prolija más allá de los resultados de este año? Quizás de todas las preguntas que han surgido en estas semanas en torno al litio afgano, ésta sea la más importante.


* Analista internacional. Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina y Coordinador del Programa de Estudios sobre América Latina de la misma. Director de la revista Ágora Internacional de la Asociación para las Naciones Unidas de Argentina (ANU-AR).


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