Brasil y la búsqueda de un mundo multipolar
Por: Adriano Bosoni * |
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Festejos en Teherán - Imagen: EFE |
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En un extremo del planeta, la primera potencia del mundo anuncia que los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU han consensuado un borrador que establece sanciones contra Irán por su programa nuclear. En el otro extremo del globo, dos países emergentes revelan que alcanzaron un acuerdo para que Teherán envíe parte de su uranio al exterior para que sea enriquecido bajo control. Estos acontecimientos, que ocurrieron con pocas horas de diferencia, marcan una realidad: cada vez son más las naciones que consideran que el orden mundial inaugurado en 1945 ha quedado obsoleto.
Uno de los principales protagonistas de esta historia es el presidente brasileño, Luiz Inacio Lula da Silva. Cuando ya recorre el tramo final de su mandato, el líder carioca está haciendo un considerable esfuerzo para consolidar a su país como un actor global con peso propio. Si bien la intención de aumentar el rol de Brasil como un jugador planetario ha sido una constante en los ocho años de gobierno de Lula, los esfuerzos se multiplicaron en el último año.
De hecho, Lula brindó asilo al depuesto Manuel Zelaya en Honduras, encabezó una dura posición contra los países poderosos en la Cumbre de Copenhague y se ofreció como mediador en el conflicto palestino, por sólo citar algunos ejemplos. Su obsesión más reciente parece ser el polémico proyecto nuclear de Irán: invitó a Mahmoud Ahmadinejad a Brasilia, defendió el derecho iraní a desarrollar un programa con fines pacíficos y ahora ofreció una alternativa para que la República Islámica evite las sanciones de la ONU.
En Teherán, y acompañado por el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, Lula anunció un acuerdo por el cual el régimen de los ayatollahs se compromete a enviar buena parte de su uranio para que termine siendo enriquecido en el exterior. Curiosamente, se trata de un mecanismo muy similar al que el llamado “grupo de los seis” (Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia, China y Alemania) ofrecieron el año pasado y que luego fue desestimado por Irán. El asesor en política exterior de Brasil, Marco Aurelio García, se vanaglorió con el acuerdo: “hemos puesto diplomacia allí donde no había alguna. Antes no había interlocución, había amenazas. Y con amenazas la gente muchas veces no quiere reaccionar”, afirmó.
A miles de kilómetros de allí, Estados Unidos vio la necesidad imperiosa de reaccionar. Desde Washington, Hillary Clinton anunció que su país había alcanzado un acuerdo con Rusia y China para un primer borrador de sanciones a Irán. Aunque estos dos últimos países son renuentes a castigar a Teherán, en las últimas semanas la Casa Blanca consiguió acercar posiciones. Un logro que la administración demócrata no parece estar dispuesta a echar a perder por culpa de la intromisión de un tercero.
Aunque en un principio Washington había afirmado que apoyaba las negociaciones de Brasil, siempre consideró que tales oficios tenían muy pocas posibilidades de prosperar. Esta opinión no cambió ni siquiera cuando Lula y Ahmadinejad anunciaron el acuerdo. Si bien Clinton evitó confrontar con Brasil, el vocero de la Casa Blanca, Robert Gibbs, consideró que el pacto es “vago” y que Irán “debe demostrar con hechos y no sólo con palabras la voluntad de cumplir con sus obligaciones”. En otras palabras, Estados Unidos no permitirá que un país de segundo orden atente contra su política exterior.
Hacia un mundo multipolar
Los acontecimientos recientes permiten dos análisis. Por una parte, son una clara muestra de la voluntad que tiene Lula de convertir a su país en un actor planetario. De hecho, el presidente dedicó los primeros años de su mandato a consolidar su posición en Sudamérica, vista por Brasilia como el área natural de liderazgo brasileño. Al frente de la UNASUR y del Grupo de Río, Lula pretendió convertirse en el interlocutor entre la región y las grandes potencias, especialmente Estados Unidos y la Unión Europea.
Más tarde, y acompañado de un prestigio internacional cada vez mayor, el líder del PT empezó a probar suerte en las grandes ligas. Y así comenzó a interesarse por asuntos globales: reclamó un asiento permanente para su país en el Consejo de Seguridad de la ONU, reivindicó el derecho que los países emergentes tienen de generar sus propios caminos de desarrollo e intervino en conflictos calientes como el de Oriente Medio y el programa nuclear iraní. Todo ello ocurrió al mismo tiempo que Hugo Chávez, su rival por el liderazgo regional, desperdiciaba petrodólares al frente de una política exterior estrafalaria y descoordinada.
El propio Lula se encargó de dejar en claro la visión que tiene de su país: “Brasil será una gran potencia económica, pero queremos transformarnos en un gran agente político. Los números son sólidos, el país es serio y previsible y ahora seremos un actor global”, aseveró en una reunión con empresarios en Madrid.
Pero al mismo tiempo el caso brasileño refleja un fenómeno mayor. A medida que la supremacía de Estados Unidos como la única hiperpotencia del planeta comienza a desdibujarse y el mundo desarrollado se hunde en sucesivas crisis financieras, son muchos los actores que reclaman tener una voz propia en la comunidad internacional. China y la India, dos potencias en auge, se han erigido como serios competidores económicos para Estados Unidos y Europa. La Rusia de Putin y Medvedev recuperó la confianza en sí misma y reclama el papel geopolítico que cree que le corresponde. Y otras naciones, como Brasil y Turquía, proclaman el nacimiento de un mundo multilateral.
Lula reflejó esta sensación de cambio de época con una frase contundente: “no estamos de acuerdo con el actual modelo de gobernanza mundial de la ONU surgido en 1945. Hay que dar más presencia a África, a América latina, a India. Cuantas más decisiones se tomen fuera de la ONU, más decisiones serán unilaterales. Si la ONU sigue así vamos a tener problemas” Curiosamente, esta frase podría haber sido dicha por muchos otros presidentes del mundo emergente.
Naturalmente, el tiempo tendrá la última palabra. Si el reciente acuerdo con Teherán queda en la nada, la diplomacia brasileña recibirá un duro golpe a su credibilidad. Además, el gigante sudamericano afronta un desafío interno: lograr que los éxitos conseguidos por Lula trasciendan a la figura del popular presidente y se consoliden más allá de las personas que ocupen la primera magistratura. Si los sucesores de Lula, sean oficialistas u opositores, profundizan los avances que se consiguieron en la última década, Brasil será un firme actor global en el siglo XXI. De lo contrario, los avances recientes sólo quedarán reducidos a un puñado de buenas intenciones.
De todos modos, un hecho parece innegable: el mundo unipolar comandado por Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría está llegando a su ocaso. Aunque Washington seguirá siendo la principal potencia global (al menos desde el punto de vista militar), son cada vez más los actores que se animan a reclamar una mayor participación en la mesa de decisiones. Y cada vez le será más difícil a la Casa Blanca ignorarlos.
* Editor General de Observanto - contacto: abosoni@observanto.net
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