Europa encuentra respuesta política para su convulsión económica
Por: Adriano Bosoni * |
Imagen: Unión Europea |
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En los últimos cincuenta años, uno de los deportes preferidos de numerosos analistas internacionales ha sido remarcar los desencuentros entre socios de la Unión Europea. Ejemplos no les faltan: desde la inacción comunitaria ante las masacres de los Balcanes a mediados de los años 90 hasta la división de los miembros frente a la invasión norteamericana a Irak en 2003, son muchos los episodios en donde la Unión no hizo honor a tal nombre. En este marco, la descomunal crisis griega y su eventual contagio por el resto del continente estuvo a punto de convertirse un nuevo ejemplo de la falta de solidaridad que existe en el bloque. Afortunadamente, la política encontró la forma de intervenir en la economía.
Con el doble objetivo de proteger a la moneda común y combatir a la “jauría de lobos” que especula contra las endebles economías del sur europeo, la Unión accedió a la creación de un fondo de hasta 750.000 millones de euros destinado a blindar financieramente al bloque regional. La medida no sólo complementa la ayuda que la UE destinó a Grecia pocos días antes, sino que busca reforzar la posición del resto de los países indicados como víctimas futuras de la crisis: principalmente Portugal, España e Italia.
“Todos los Estados apoyarán a cualquier socio que tenga dificultades”, se vanaglorió el presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso. Sin embargo, el acuerdo que posibilitó la liberación de semejante monto de dinero no fue nada sencillo. Por el contrario, fue el resultado de una amarga contienda entre socios, en particular Francia y Alemania.
En rigor, Angela Merkel tenía sus razones para rechazar una iniciativa de esta clase. Desde siempre Alemania se comportó como el alumno más aplicado de la clase, aquél que cumplía inexorablemente con sus tareas en un curso en donde no todos proceden de la misma manera. Por ello, la líder germana era renuente a asistir a un país como Grecia, que no sólo fraguó sus números macroeconómicos para acceder al euro sino que siguió viviendo por encima de sus posibilidades durante una década. “Los trabajadores alemanes no tienen porqué pagar la jubilación de los griegos”, manifestó más de un ciudadano teutón renuente a que su país costeara el despilfarro ajeno.
Para peor, una inusualmente dubitativa Merkel especuló más de la cuenta con las eventuales consecuencias electorales de una ayuda a Grecia que resultaba impopular a nivel local. En última instancia la líder democristiana perdió ambas batallas: la ayuda a los griegos llegó tarde y a regañadientes, al tiempo que los votantes germanos igualmente castigaron al partido oficialista. Unos pocos días después, Francia volvió a torcerle el brazo a Alemania y consiguió que se apruebe el monumental blindaje a la zona euro.
Merkel no era la única líder que miraba con sospechas cualquier paquete de ayudas. Desde Gran Bretaña Gordon Brown aseguró que, puesto que su país no utiliza el euro, estaba exceptuado de cargar con el peso de una ayuda a la moneda única. Al Primer Ministro laborista lo movían motivos similares a los de su contrapartida germana, puesto que Inglaterra también atravesaba un período preelectoral.
Para fortuna de los países en apuros, la necesidad global finalmente terminó imponiéndose por sobre las preferencias nacionales. Conscientes de que los embates contra el euro a la larga podrían afectar a la totalidad de la Unión, los países miembros decidieron inyectar una suma monumental de dinero a efectos de calmar a los mercados. No obstante, el final de la crisis aún está lejos y Europa deberá hacer más sacrificios si busca salir indemne. De hecho, tras una reacción inicialmente positiva al megaplán de ayudas, los mercados volvieron a tambalearse en las jornadas posteriores al anuncio.
Los debates futuros
Esta segunda oleada de la crisis financiera internacional, que golpeó a Europa con una fuerza inusitada, debería ser vista por los líderes del continente como una oportunidad para replantear el rumbo de la Unión. Si bien es cierto que en última instancia primó el interés colectivo, también es verdad que los socios prolongaron en exceso su respuesta y que en la mayoría de los casos las especulaciones nacionales estuvieron por encima del bienestar global.
Para peor, buena parte del acuerdo político para lanzar el paquete de ayudas provino como consecuencia de la presión externa. Desde el otro lado del Atlántico, dos actores con sede en Washington hicieron lo suyo para que Europa protegiera a la zona euro. Uno de ellos es el Fondo Monetario Internacional, que aportará un porcentaje de las ayudas y supervisará las políticas de desendeudamiento. El otro es nada menos que Barack Obama, quien llamó dos veces a Merkel durante las tensas horas previas al anuncio de ayuda a Grecia. Lo del jefe de la Casa Blanca no es mera solidaridad: Estados Unidos necesita de un euro fuerte para consolidad la incipiente recuperación norteamericana.
Queda claro entonces que Europa tiene por delante numerosos decisiones difíciles. Por un lado, la necesidad de una gobernanza financiera genuinamente global quedó demostrada con desgarradora crudeza. La crisis está muy lejos de terminarse y es factible que todavía queden momentos de zozobra en el futuro. En tal sentido, el continente deberá habilitar mecanismos de coordinación que lo preparen para afrontar los embates venideros.
A su vez, la propia razón de ser del Banco Central Europeo fue puesta en duda. Al tiempo que la institución fue habilitada para comprar deuda pública de los países en crisis, numerosas voces comenzaron a postular que la institución debe perseguir fines más amplios que los actuales, especialmente vinculados con el empleo y el crecimiento. Se avizora entonces otro frente de colisión con Alemania, férreo defensor de los objetivos puramente antiinflacionarios del BCE.
Por otra parte, varios de los países golpeados por la crisis deberán replantear su situación financiera. Muchos Estados han estado viviendo por encima de sus posibilidades y han aplicado políticas irresponsables que los pusieron a las puertas del abismo. Se avecinan entonces días de severos ajustes, y las economías más débiles del bloque deberán alcanzar el delicado equilibrio entre la salud macroeconómica y la paz social. En otras palabras, deberán estar preparados para afrontar severas correcciones que pueden disparar el descontento ciudadano. En esta tarea, será vital que los “alumnos aplicados” colaboren con sus colegas rezagados.
Pero los debates también tendrán que ser políticos. La crisis actual puso en duda la verdadera vocación de Alemania de ser la cabeza económica y política del bloque. De momento Francia parece haber salido favorecida en las discusiones con su socio, pero no está claro cómo evolucionarán los ánimos en ambas naciones. Al mismo tiempo, la victoria de los conservadores en Inglaterra y el ascenso en el Este del continente de numerosos partidos de la derecha euroescéptica vuelven a instalar fuertes debates sobre el futuro de la Unión. En otras palabras, Europa salió magullada de la primera batalla. La guerra promete ser larga y en varios frentes.
* Editor General de Observanto - contacto: abosoni@observanto.net
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