Los contratiempos regionales de la estrategia norteamericana en Afganistán


  Por:  Luis Schenoni * 

20/04/2010 - 09:48 |  | Enviar por e-mail 

 

 
 
 
Atorados en Afganistán - Imagen: AP
 
     

Aunque 2010 se inició con un cambio radical en la estrategia occidental en Afganistán, la progresiva pérdida de aliados regionales es un problema que promete dificultar la gestión del conflicto en el futuro.

Cuando los Estados Unidos se dispusieron a atacar Afganistán hacia fines de 2001, prestaron especial atención a las alianzas regionales que debían fortalecer para asestar un golpe fulminante al Talibán y reorganizar el país. Estados Unidos se aseguró de que Rusia no sólo aceptara el emplazamiento de bases militares en las ex Repúblicas Socialistas Soviéticas de Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán, sino que prestara incluso su apoyo a las iniciativas de la OTAN. China tampoco objetó la iniciativa y hasta Paquistán, el país cuya inteligencia y ejército había catapultado a los talibanes al poder, recibió a miles de soldados occidentales y declaró la “guerra contra el terror”.

Incluso Irán, que poco más tarde pasaría a conformar el “eje del mal” permaneció en silencio e incluso colaboró con los líderes chiítas afganos -de la etnia hazara- mientras los norteamericanos los abastecían desde el aire en la carrera por echar al Mulá Omar de Kabul. El fundamentalismo del talibán había logrado herir los intereses de prácticamente todos sus vecinos, en tanto reprimía con crueldad a las minorías del país -tayicos, uzbecos y hazaras, entre otros- y fomentaba una nueva expresión del terrorismo y la militancia radical que antes de golpear al World Trade Center había causado mucho dolores de cabeza a los rusos en Chechenia y a los chinos en Xinxiang.

Uno de los errores de los norteamericanos fue no aprovechar esa congruencia general de intereses para consolidar una victoria y perderse, en cambió, en iniciativas que debilitaron su posición militar adentro del país. Si la invasión de 2003 a Irak es vista como una guerra innecesaria y un error estratégico por muchos analistas, más aún lo fue para los encargados de encausar el conflicto afgano hacia una solución, quienes pronto se quedaron sin personal capacitado siquiera para comunicarse con las élites políticas.

La poca presión ejercida sobre los sectores “colaboracionistas” del estado paquistaní –que albergaron en este país a miles de pashtunes talibanes- y el desdén con que se trató el tema de la reconstrucción en Washington, son otros temas en los que se evidencia un flagrante desaprovechamiento de lo que era inicialmente un contexto muy favorable.

Sin embargo, si decimos que en la era Bush la cuestión afgana se presentaba en un contexto regional favorable a los intereses norteamericanos que fue desaprovechado por la falta de una iniciativa contundente; es igualmente justo decir que en la era Obama más allá del esfuerzo por lograr una presencia contundente se está descuidando peligrosamente el entorno regional.

El primero en efectuar un vuelco radical en su posición fue Irán, lógicamente perjudicado por el virtual encierro en que lo habían dejado las tropas occidentales desplegadas en dos de sus países limítrofes. En adelante los iraníes no verían con buenos ojos la presencia norteamericana en Afganistán, aunque tampoco se opondrían abiertamente mientras el señor de la guerra Ismail Khan –virtualmente su embajador en el este afgano- no fuese obstruido en sus negocios ilegales.

Al vuelco de Irán seguiría el de China y Rusia, ambos países que lograron reprimir con contundencia a los levantamientos musulmanes y fueron perdiendo el interés por la presencia occidental en Asia Central. Más tarde Rusia comenzaría a pedir a los líderes de las ex RSS de Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán que no renovaran el alquiler de sus bases. El único país que mantuvo inquebrantables sus compromisos con occidente fue Kirguistán, cuyo líder, Bakiyev, sufrió un golpe de estado que lo alejó del poder hace apenas unas semanas y se encuentra exiliado en el sur del país. Con él se fueron los pocos líderes políticos que estaban de acuerdo con el arriendo de la base de Manas a Estados Unidos, situación que eventualmente desembocará en el retiro de las tropas apostadas en Kirguistán.

La estabilidad de Paquistán, el único gobierno comprometido aún con la iniciativa norteamericana, se encuentra fuertemente jaqueada por importantes sectores de la oposición que quizás sólo puedan incorporarse gustosamente al recientemente reestablecido sistema democrático si el oficialismo suelta la mano a Washington.

La impresión general es que el panorama se está volviendo sombrío para los Estados Unidos y, mientras el tiempo pasa, el reestablecimiento del orden en Afganistán parece cada vez más lejano. Si los norteamericanos quieren salir del suelo afgano, sino con una victoria al menos ordenadamente, deberán volver a poner el ojo en la región.


El papel de Rusia

Analicemos la actitud de Rusia en este sentido, pues está claro que Moscú no ve con buenos ojos la presencia de los Estados Unidos en Asia Central desde hace muchos años -al menos desde 2004 cuando Uzbekistán negó la permanencia de bases norteamericanas en el país- y es por lo tanto un actor relevante en lo que hace al conflicto. Es difícil evaluar qué grado de cinismo puede haber en Medvedev, quien durante la semana en que se produjo el golpe de estado en Kirguistán firmaba con Obama uno de los acuerdos de cooperación más importantes de la historia en materia de desarme.

Rusia parece cada vez más proclive al discurso nacionalista que ha ido recuperando terreno en el país desde comienzos de la presidencia de Putin. Este clima puede notarse en el cariz de las noticias cotidianas y el tono de las declaraciones. El caso de un huérfano ruso de siete años que fue enviado en un avión a Moscú por sus padres adoptivos de Estados Unidos porque no podían mantenerlo –razón por la cual se suspendieron las adopciones a norteamericanos- es un ejemplo notable. También los atentados a los subtes de Moscú demostraron la fibra de este sentimiento nacional ruso y cómo éste puede ser rápidamente capitalizado por la dirigencia a través de un discurso que hace gala de la vieja idea de la Rodina (la Madre Rusia) constantemente.

Yendo un poco más allá, la reciente catástrofe que representó la muerte de las más altas jerarquías del estado polaco no puede desvincularse de este sentimiento generalizado, aunque no muy verbalizado, de que Moscú está precalentando para volver al juego de las grandes potencias en un modo que no se había visto desde los comienzos de lo que Charles Krauthammer llamó el momento unipolar. Expresiones que nos resultan más próximas, como las reuniones con el grupo BRIC y la expansión de sus vínculos nucleares y armamentísticos, son algunos de los tantos reflejos de esta nueva Rusia.

Conviven con ella una nueva China y una nueva India con intereses similares y consciencias nacionales análogas. La presencia norteamericana en regiones tan distantes, si podía ser interpretada como una lógica consecuencia de la unipolaridad, será crecientemente rechazada en el mundo multipolar emergente. Es fundamentalmente por esto último que los Estados Unidos no pueden perder de vista las variables regionales -e incluso globales- del conflicto en Afganistán.


* Analista internacional. Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina y Coordinador del Programa de Estudios sobre América Latina de la misma. Director de la revista Ágora Internacional de la Asociación para las Naciones Unidas de Argentina (ANU-AR).


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