Los desplantes de Israel debilitan la credibilidad de Estados Unidos


  Por:  Adriano Bosoni * 

15/03/2010 - 16:58 |  | Enviar por e-mail 

 

 
 
 
¿Aliados? - Imagen: AP
 
     

Una vez más, el gobierno de Benjamín Netanyahu dejó en claro que tiene muy poco interés en resolver la disputa con sus vecinos musulmanes. Al anunciar que seguirá con la construcción de asentamientos sobre territorio palestino, no sólo desoyó el pedido de sus socios norteamericanos sino que irritó a sus interlocutores de la ANP y puso trabas a la nueva ronda de diálogo. Y aunque la respuesta estadounidense incluyó palabras duras, es improbable que la Casa Blanca planee abandonar la “relación especial” que la une con Tel Aviv. En este contexto, los palestinos tienen pocos motivos para creer que esta vez la comunidad internacional está genuinamente comprometida en descomprimir el centenario conflicto.

Como se ha vuelto costumbre, en los días previos a una nueva ronda de negociaciones entre israelíes y palestinos las autoridades del Tel Aviv se las ingeniaron para empantanar la situación. Esta vez, el anuncio de que Israel seguirá edificando en Jerusalén occidental se produjo horas antes de que el vicepresidente Joe Biden llegara a la región para iniciar conversaciones con las partes en conflicto.

Naturalmente, Biden se mostró molesto ante tal muestra de desprecio por las negociaciones de paz. Así lo hizo saber en sus discursos en la capital judía, e incluso amenazó con no asistir a una cena de honor que Netanyahu ofreció al ilustre visitante. Más tarde, la Casa Blanca calificó como un “insulto” y un “abierto desafío” el anuncio de que se construirán 1.600 asentamientos adicionales en el costado palestino de la ciudad sagrada.

Sin embargo, las palabras no serán suficientes para torcer el brazo de un gobierno que está cada vez más habituado a desautorizar a sus colegas norteamericanos. De hecho, el propio Primer Ministro subió la apuesta unas pocas horas después de la reprimenda norteamericana. En un discurso ante el Parlamento, el titular del Likud aseguró que "La construcción en Jerusalén continuará, como ha sucedido durante los últimos 42 años".

En rigor, Estados Unidos no puede sentirse sorprendido por la actitud del gobierno israelí. Desde que Obama y Netanyahu ocupan el poder en sus respectivos países, la dinámica ha sido la misma: Washington reclama a Israel que detenga el avance sobre territorio palestino para destrabar el conflicto con sus vecinos. En respuesta, Tel Aviv promete a sus socios gestos de buena voluntad que nunca se trasladan a los hechos.

El círculo también se cierra siempre de la misma forma: EEUU protesta ante Israel, pero no implementa mecanismos efectivos de presión contra su socio. De hecho, la única vez que Washington sancionó a Tel Aviv fue dos décadas atrás cuando George Bush padre aplicó un embargo contra Israel para forzarlo a negociar con los palestinos. Ni antes ni después de ese hito el socio mayor reprendió seriamente al aliado descarriado.

A veces, incluso pareciera que Israel planifica meticulosamente sus desplantes a Estados Unidos. Así, los últimos encuentros entre dignatarios israelíes y norteamericanos estuvieron precedidos por el anuncio de nuevos asentamientos. Ocurrió antes de la cumbre Obama-Netanyahu de mediados de 2009, y volvió a producirse horas antes del aterrizaje de Biden en suelo israelí.


¿Un “nuevo comienzo” en la relación con Israel?

Durante el gobierno de George W. Bush, Israel gozó de un apoyo norteamericano casi irrestricto. Pero Obama cree que, para lograr la paz entre israelíes y palestinos, es necesario que los primeros realicen más concesiones y estén más dispuestos a esforzarse para alcanzar una solución que sea satisfactoria para todos los actores involucrados. Sin embargo, el arribo de los demócratas a la Casa Blanca coincidió con el ascenso al poder de la derecha en Israel. Y con ella accedió al gobierno el partido nacionalista encabezado por el polémico Avigdor Liberman, quien defiende abiertamente los asentamientos en suelo palestino.

La poca sintonía entre Obama y Netanyahu quedó en evidencia en mayo de 2009, cuando ambos mandatarios tuvieron su primer encuentro en Estados Unidos. En dicha ocasión, el líder judío no solamente desafió a Obama al defender el avance de los asentamientos, sino que dejó entrever que su país se reservaba el “derecho” de atacar unilateralmente a Irán para detener el programa nuclear de la República Islámica.

Un mes después, y ante la creciente presión internacional, Netanyahu usó por primera vez la palabra “Estado” para referirse al futuro de los palestinos. Pero a continuación enumeró una serie de requisitos que sus vecinos musulmanes deberían cumplir para poder lograr su histórico reclamo: el reconocimiento de Israel como el Estado del pueblo judío, la desmilitarización total del flamante Estado palestino y la indivisibilidad de la ciudad de Jerusalén. Además, el titular del Likud ratificó la potestad israelí para mantener los cuestionados asentamientos en Cisjordania. En síntesis, un conjunto de condiciones inadmisibles y muy lejanas a las soluciones que propone la comunidad internacional.

Una y otra vez, Netanyahu juega el juego en el que se siente más cómodo: en las palabras se muestra propenso a buscar soluciones, pero en los hechos hace todo lo posible para obstruir un acuerdo con los palestinos. Así, dilata indefinidamente el conflicto, gana tiempo y conserva el apoyo de los sectores más radicalizados de su gobierno. Ya lo hizo durante las negociaciones de 2009 con su lista de prerrequisitos para el acuerdo, y lo hace de nuevo ahora al pedir disculpas por el “sorpresivo” anuncio de la expansión de los asentamientos a la vez que ratifica su avance.

Así las cosas, los norteamericanos sienten una frustración cada vez mayor. Si su máximo aliado, su “amigo histórico” desoye las recomendaciones de Washington y no se amedrenta ante las presiones… ¿qué credibilidad le queda a la Casa Blanca frente al resto de la comunidad internacional? ¿Cómo podrá Obama imponerse ante sus adversarios si ni siquiera sus amigos lo toman en serio? Para peor, la derecha estadounidense ya comienza a criticar en forma abierta el fracaso de la estrategia de “mano extendida” que Obama promueve para con sus adversarios, desde Cuba hasta Irán.

Sin embargo, subyace una pregunta más profunda: ¿está Obama genuinamente comprometido con la solución del conflicto en Palestina? La escalada verbal contra Israel parece indicar que sí. Pero en los hechos a menudo se verifica lo contrario.

Ante este panorama, Barack Obama está en una encrucijada. Por una parte, el presidente es consciente de que la alianza con Israel constituye uno de los pilares históricos de la política exterior norteamericana. Pero al mismo tiempo cada desplante de Tel Aviv irrita a sus aliados en Washington y le resta credibilidad a la administración demócrata. En este contexto, no caben dudas de que el longevo lazo EEUU-Israel seguirá siendo firme. Pero también es cierto que el matrimonio incondicional pone cada vez más incómodo al inquilino de la Casa Blanca.


* Editor General de Observanto - contacto: abosoni@observanto.net


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