Evo Morales consigue cinco años más para profundizar su proyecto de país
Por: Adriano Bosoni * |
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Festejos en La Paz - Imagen: Reuters |
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El contundente triunfo de Evo Morales en las elecciones presidenciales del 6 de diciembre constituye un importante espaldarazo para el proyecto económico y político instalado en Bolivia desde fines de 2005. De hecho, el líder indígena no sólo fue reelecto sino que también gozará de amplia mayoría en la Asamblea Plurinacional, el órgano legislativo creado para continuar con la transformación institucional del país. Pero mientras que sus partidarios afirman que Evo utilizará este inmenso poder para resolver los acuciantes problemas que castigan a la nación, sus detractores sostienen que el líder cocalero buscará instalar un modelo autoritario.
En rigor, el 62,5% de los votos que recibió el titular del Movimiento Al Socialismo (MAS) representa la mejor performance de un candidato presidencial en la historia de Bolivia. Muy por detrás quedó Manfred Reyes Villa, el exponente de una oposición dispersa y sin ideas que apenas logró imponerse en los tradicionalmente rebeldes departamentos de Santa Cruz, Beni y Pando. Con este resultado, el MAS consiguió un centenar de representantes en la Asamblea, hecho que le garantiza una cómoda mayoría para aprobar proyectos legislativos.
La reacción de Morales tras la victoria resultó ambigua. Al tiempo que se manifestó dispuesto a dialogar con sus adversarios, también los calificó de "traidores y vendepatrias", epítetos que repitió durante toda la campaña electoral. “Somos el gobierno del diálogo”, expresó desde el Palacio Quemado ante miles de seguidores que festejaban su triunfo. Pero en una conferencia posterior agregó que "los traidores del proceso de cambio y los vendepatrias han sido castigados por la conciencia del pueblo". Y aclaró que, de ser necesario, retomará su costumbre de convocar a referendos populares para garantizar el apoyo ciudadano a las iniciativas más controversiales.
La reacción de la oposición también fue dispar. El presidente del Comité Cívico pro Santa Cruz, Luis Nuñez, se mostró dispuesto a cooperar con Morales, aunque exigió garantías de que no habrá “persecuciones” a los líderes del departamento opositor. Por el contrario, el derrotado Reyes Villa no respondió a la convocatoria pero prometió una oposición constructiva.
Pasado, presente y futuro de Evo
Morales llegó a la presidencia de Bolivia en diciembre de 2005, de la mano de un discurso que tenía tres ejes: la nacionalización de los hidrocarburos, la convocatoria a una asamblea constituyente y la defensa del valor cultural de la coca. En esa oportunidad, el candidato del Movimiento Al Socialismo se convirtió en el primer presidente indígena de un país donde más del 60% de la población pertenece a alguno de los pueblos originarios.
Por ello, la llegada al poder de Morales constituyó mucho más que un nuevo capítulo del giro a la izquierda que se registró en Sudamérica a lo largo de la década actual. Por primera vez en su historia, Bolivia dejaba de estar en manos de la minoría blanca y pasaba a ser gobernada por un dirigente indígena. Y el apoyo a su proyecto resultó contundente: con el 54% de los sufragios, Morales obtuvo la victoria más holgada desde el regreso a la democracia en el país andino.
Con semejante apoyo electoral, el líder cocalero encabezó una serie de profundas transformaciones políticas y económicas. Sin dudas la más notable –y la más polémica- fue la nacionalización de los hidrocarburos, decretada en mayo de 2006. Gracias a ella, el Estado se hizo con la mayor parte del paquete accionario de las empresas, al tiempo que aumentó considerablemente las regalías y otorgó a los privados un plazo de 180 días para renegociar los contratos. En paralelo, negoció con Brasil y Argentina un aumento del gas exportado.
Naturalmente, la medida encierra claroscuros. Por una parte, los ingresos del Estado crecieron en forma monumental. Así, el gobierno tuvo a su disposición generosos recursos para impulsar políticas sociales en una nación con los niveles de pobreza más altos de Sudamérica. A su vez, el boom de los comodities que se registró a lo largo de la década permitió a Bolivia experimentar tasas de crecimiento en torno al 4% anual.
Pero, al mismo tiempo, la nacionalización vino acompañada de problemas. En efecto, los niveles de producción se redujeron considerablemente por la carencia de una buena gestión y por el retroceso de las inversiones, tanto privadas como públicas. Además, la estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) protagonizó numerosos escándalos de corrupción que comprometieron al gobierno del MAS.
A su vez, Morales impulsó una importante reforma político-social, tanto o más polémica que la nacionalización de los hidrocarburos. En noviembre de 2007, en una escuela militar de Sucre y sin la presencia de la oposición, el presidente aprobó el texto de la nueva Constitución. Este documento reconoce el carácter plurinacional del país, reivindica el rol del Estado en la economía, establece la reforma agraria y describe nuevas formas de propiedad.
Esta reforma constitucional incrementó el antagonismo entre el presidente y los dirigentes de la llamada “media luna boliviana”, la zona geográfica más rica del país. De hecho, a mediados de 2008 Santa Cruz de las Sierras, Beni, Pando y Tarija votaron sus autonomías y anunciaron que desconocerían la flamante Constitución. Desde entonces el enfrentamiento se materializó en las urnas, con los referendos revocatorios de 2008, pero también en las calles, con los recurrentes episodios de violencia que mancharon con sangre la disputa política boliviana.
En consecuencia, Morales tiene por delante desafíos tanto económicos como políticos. En el primer caso, porque deberá resolver el dilema de un país que depende en exceso de los recursos energéticos y que aún mantiene una rígida estructura piramidal en materia de ingreso. Aunque el gobierno afirma que Bolivia está diversificando su economía, los hechos demuestran que ésta sigue atada a los vaivenes del precio internacional de los hidrocarburos. Además, la nación mantiene preocupantes niveles de inequidad: el 83% de los trabajadores genera el 25% del producto, al tiempo que el 7% de los bolivianos se queda con el 60% de la renta.
Al mismo tiempo, el presidente tendrá que gobernar un país donde el poder político se trasladó al Occidente, mientras que el poder económico sigue concentrado en el Oriente. Si bien las últimas elecciones demostraron que el apoyo a Morales es masivo, todavía subsisten importantes focos opositores en la “media luna”. Estos departamentos consideran que el centralismo excesivo del gobierno ahoga sus economías, tradicionalmente las más prósperas del país. Para peor, el enfrentamiento político muchas veces vino acompañado de episodios de violencia que sólo dividen aún más a la nación.
Por lo tanto, Morales deberá buscar una negociación inteligente con las regiones díscolas, para alcanzar consensos que permitan descomprimir la polarización que se verificó en los últimos años. En su discurso tras la victoria, el titular del MAS afirmó que será “el presidente de todos los bolivianos”. Tiene ahora por delante la complicada tarea de convertir en realidad esa proclama.
El primer período presidencial de Morales despierta apasionados apoyos y despiadadas críticas. Sus partidarios afirman que el mandatario devolvió a Bolivia la soberanía económica perdida, incluyó a gigantescas masas humanas tradicionalmente relegadas y desarrolló una generosa política social. Sus detractores, en cambio, afirman que Evo ahogó las autonomías regionales, ahuyentó las inversiones e instaló un gobierno de tintes autoritarios. Con su reciente victoria, el mandatario consiguió cinco años más para mostrar a los bolivianos, y al mundo entero, qué modelo de país tiene en mente.
* Editor General de Observanto - contacto: abosoni@observanto.net
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