La UE confía dos puestos clave a funcionarios de segunda línea
Por: Adriano Bosoni * |
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V. Rompuy y Ashton - Imagen: Reuters |
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Diez días antes de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, la Unión Europea consiguió ocupantes para los dos principales cargos que crea el nuevo marco legal. En una decisión no exenta de polémica, los Veintisiete decidieron que el belga Herman Van Rompuy será el primer “Presidente de Europa”, al tiempo que la británica Catherine Ashton será la flamante jefa de la diplomacia continental. El anuncio, que se produjo en una cumbre especial convocada en Bruselas, sorprendió incluso a los propios elegidos.
En verdad, el nombre de Van Rompuy venía sonando desde hace semanas. A medida que la controvertida candidatura de Tony Blair se desvanecía, diferentes voces afirmaban que Europa debía designar a un Presidente del Consejo Europeo que resultara aceptable para todos los países. Por ello, la figura del Primer Ministro belga resultaba ideal: proveniente de un país pequeño, Van Rompuy se ganó un cierto prestigio en el continente tras sacar a su país de la crisis política que se desató entre flamencos valones.
Más aún, quienes lo conocen describen al líder belga como un hombre conciliador, dispuesto a escuchar a todas las partes implicadas en un conflicto y presto a buscar soluciones de consenso. Todas ellas constituyen sin dudas cualidades indispensables en un bloque tan amplio y heterogéneo como la Unión. Si algo tendrá que hacer el flamante Presidente será lidiar con veintisiete naciones que no necesariamente están de acuerdo con la dirección política y económica del bloque.
No obstante, queda claro que Van Rompuy dista mucho de ser un mandatario de la talla de Blair. Su nombre es poco conocido en Europa, y lo es mucho menos entre las elites políticas del resto del planeta. Mientras que los defensores de Blair destacaban el alto roce político del líder laborista, Van Rompuy deberá caminar cuesta arriba para darse a conocer en el escenario internacional. Según las posturas más cínicas, Angela Merkel y Nicolás Sarkozy quisieron asegurarse que el nuevo titular del Conejo Europeo no les haga sombra, y parece que lo consiguieron.
Pero si el Primer Ministro belga es una figura política de segundo orden, mucho más lo es la flamante Alta Representante para la Política Exterior. En un giro totalmente inesperado, el cargo recayó en Catherine Ashton, quien hasta entonces se desempeñaba como comisaria de Comercio. Aunque proviene de Gran Bretaña, una nación reconocida por la elevada sofisticación de su servicio diplomático, Ashton prácticamente carece de antecedentes en materia de relaciones exteriores. Su desempeño en el cargo, entonces, está plagado de incertidumbre.
De hecho, los más cínicos no tardaron en notar las grandes diferencias que existen entre el background del español Javier Solana, actual Alto Representante, y las credenciales profesionales de su sucesora. Como pudo leerse en varios diarios europeos, “una persona con menos capacidad que Javier Solana ocupará un cargo con más atribuciones que el de Javier Solana”.
En cualquier caso, con la designación de estos dos cargos la Unión puede dar por cerrado el complicado proceso de puesta en marcha del Tratado de Lisboa. Lanzado en diciembre de 2007, el documento penó durante dos años para conseguir la ratificación de todos los países. De hecho, fueron necesarios dos referendos en Irlanda y la dura negociación con República Checa para poder conseguir la rúbrica de los Veintisiete. Tras ello, el último escollo que restaba era la designación de los dos nuevos cargos creados por el texto.
Si bien en principio Tony Blair había surgido como el candidato más serio para ocupar el puesto de Presidente, muy pronto surgieron críticas y rechazos. Ello degeneró en una oleada de rumores sobre los posibles candidatos, que incluyeron a una docena de figuras políticas del viejo mundo. En ese contexto los dos partidos políticos más grandes del bloque llegaron a un acuerdo por el cual, respetando el resultado de las elecciones europeas de junio, el Presidente debía ser conservador y el Alto Representante debía pertenecer a la familia socialdemócrata.
Pero la elección de una fórmula de consenso seguía siendo difícil, sobre todo a partir de la obstinada defensa británica de la candidatura de Blair. Muchos analistas creían que el gobierno de Gordon Brown en realidad quería conseguir el puesto de Alto Representante, como recompensa por “renunciar” al puesto de Presidente. Y aunque en principio se creía que dicho puesto iba a recaer en David Miliband –actual canciller inglés-, Londres se salió con la suya al conseguir que una funcionaria de su confianza se quedara con el cargo. Ello explicaría en gran medida la sorprendente e inesperada designación de Ashton.
Dudas sobre la función real de los nuevos cargos
En principio, la designación de estas dos figuras -ignotas para la mayoría de los europeos- supone que los líderes del bloque quisieron dotar a los nuevos cargos de un perfil más bien técnico, por encima de las posturas que planteaban que tales dignatarios deberían desempeñar un rol fuertemente político. Puesto que el Tratado no explica en detalle las atribuciones de los dos nuevos funcionarios, existe en Europa un profuso debate respecto de la función que deben cumplir el Presidente del Consejo Europeo y el Alto Representante.
En rigor, el Tratado de Lisboa buscó dotar a la Unión de caras visibles y permanentes, a fin de mejorar la eficiencia de la política exterior del bloque. Por ello creó la figura del Presidente del Consejo Europeo, quien ocupará ese puesto durante dos años y medio en reemplazo de los seis meses que dispone hasta ahora la presidencia rotativa. También se reforzó el cargo de Alto Representante para la Política Exterior, quien será vicepresidente de la Comisión y responsable del nuevo Servicio Exterior Europeo.
Sin embargo, no está del todo claro cuánto poder real tendrán ambos funcionarios. De hecho la designación de Van Rompuy y Ashton parece indicar que los países miembros no quisieron elegir a personalidades más fuertes, que pudieran reclamar mayor autonomía y disputaran el rol de París, Berlín y Londres en la conducción política del bloque. Por el contrario, los nuevos dirigentes se acercan más a funcionarios técnicos que a personalidades con vuelo propio.
Tampoco se sabe bien cómo se complementará el rol del Presidente con la tradicional presidencia rotativa, que sigue vigente en el Consejo de Ministros. Por ello España, país que ocupará la presidencia pro tempore durante el primer semestre de 2010, tendrá por delante la compleja tarea de poner orden en un tramado institucional que aún no se encuentra totalmente definido. En otras palabras, Europa ya resolvió el enigma de “quién” ocupará los nuevos cargos. Ahora resta ver el “cómo” y el “para qué”.
* Editor General de Observanto - contacto: abosoni@observanto.net
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