Volviendo la mirada a Pakistán
Por: Luis Schenoni * |
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El inexpugnable Pakistán - Imagen: Reuters |
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Luego de la victoria del ejército pakistaní en el Valle de Swat y del asesinato de Mehsud en Waziristán, la batalla contra el Talibán en Pakistán parecía ganada. La sucesión de atentados que vivió el país desde entonces fue leída por muchos como el coletazo final de una insurgencia alicaída y en retirada a un Afganistán que se tonaba nuevamente en el foco de la guerra contra el terrorismo. Pero el carácter y la frecuencia de los recientes operativos del Talibán han demostrado que el capítulo pakistaní de esta guerra no está cerrado en absoluto.
Esta semana, en uno de los ataques más audaces del Talibán en Pakistán, los extremistas lograron tomar durante casi un día entero las instalaciones de los cuarteles generales del ejército en Rawalpindi que operan a su vez como sede de la ISI (inteligencia pakistaní). El ataque demostró dos de los peores temores norteamericanos en el país: en primer lugar, que las operaciones de la insurgencia afgana no sólo se remiten a la Provincia Fronteriza Noroccidental (NWFP) y las áreas tribales de mayoría pashtuna en el oeste del país, sino a otras provincias como el Punjab donde inicialmente no parecía probable una sólida expansión del Talibán.
En segundo lugar, confirma que los cuadros medios y bajos de las fuerzas armadas y la burocracia pakistaníes se encuentran en muchos casos estrecha y peligrosamente vinculados al fundamentalismo islámico en sus distintas expresiones. Sólo por poner un ejemplo reciente, el “Dr. Usman”, líder de este último operativo, era un conocido médico del ejército pakistaní hasta hace unos años.
Washington ya está revisando su alianza con Pakistán y aquello que a principios de este año se dio a conocer pomposamente como la “AfPak Strategy” ¿Con qué grado de seriedad puede llevar Islamabad una guerra contra el Talibán? Si parte de la burocracia, la inteligencia y la oficialidad del ejército se encuentran vinculados al enemigo, probablemente la corrupción no permita la solución final del problema por estas vías.
En los Estados Unidos este problema ha sido motivo de airadas discusiones. Sólo en algo parecen coincidir todos en Washington: desde que Pakistán cuenta con un arsenal nuclear, abandonarlo a su propia suerte no es una solución posible. La única forma de sostener el frente parece ser manteniendo el apoyo a su gobierno (esta semana se liberó un paquete de ayuda por la suma de 7.500 millones de dólares anuales para los próximos cinco años) y confiando ciegamente en que los altos funcionarios del Estado puedan mantener la disciplina administrativa y el orden social para el cumplimiento de los planes que se acuerdan en el nivel de las negociaciones bilaterales.
Si los cuadros medios y bajos de la burocracia y el ejército, el clero y los partidos de la oposición, las poblaciones no urbanas y los simpatizantes del islamismo en todos los estratos de la sociedad no desean la derrota del Talibán (o al menos se oponen a la idea de una victoria norteamericana), ¿vale la pena liberar millones de dólares a las cúpulas del gobierno? Washington parece inclinarse por la afirmativa. Sin embargo, es menester analizar la estructura de incentivos que esta ayuda genera en los distintos actores de la alta política que la recibirán.
El primer actor a analizar es el gobierno, encarnado en el propio Zardari. En rigor, cortar con el apoyo financiero luego de años de asistencia sería desastroso para su supervivencia política, estando fuertemente presionado por su oposición en el ejército y el parlamento (la Liga Musulmana, con Ali Khan a la cabeza, ha expresado este semana su profundo desacuerdo con los términos del paquete de ayuda estadounidense que implicarían una flagrante intromisión en los asuntos internos del estado).
La historia ha demostrado a los pakistaníes que la ayuda sólo se mantiene mientras existe un problema (la invasión soviética a Afganistán en su momento, hoy la guerra contra el terrorismo). Cuando el problema se soluciona, no sólo termina la ayuda sino que incluso reaparecen las sanciones (por el desarrollo de su plan nuclear en los 70’ o luego de los ensayos de 1998).
La ayuda a gobiernos como el de Islamabad genera dependencia, no sólo de Estados Unidos, sino del conflicto mismo y mientras la ecuación se mantenga inalterable en su esquema tradicional (a más conflictividad interna, más dólares y más apoyo externo a la democracia) Zardari tendrá pingües incentivos para terminar con el estado de polarización social y lograr una victoria que puede ser muy redituable en términos políticos para sus desafiantes fuerzas armadas.
El segundo actor a analizar es justamente el ejército, en la figura del General Kayani, quien como el General Zia durante el gobierno de Bhutto (padre) o el General Musharraf durante el gobierno de Sharif, se cierne peligrosamente sobre el gobierno de Zardari como uno de los candidatos más sólidos para su sucesión no constitucional.
A estos sectores también les conviene la continuidad del conflicto desde el momento en que éste debilita a la democracia y favorece la imagen del ejército como institución capaz de hacerse cargo de las riendas del país en tiempos de crisis. Anteriores problemas de seguridad como la guerra civil en Beluchistán (1973-78) y la crisis de Kargil (1999) fueron la causa principal de los últimos golpes militares del país.
A un año del comienzo de la estrategia AfPak, Estados Unidos parece encontrarse empantanado no sólo en Afganistán (donde 13.000 soldados adicionales fueron enviados esta semana en un inesperado aumento de los números anunciados en marzo) sino más peligrosamente en Pakistán, donde no tiene efectivos combatiendo y ni siquiera queda claro si hay alguien que quiera efectivamente ganar esta guerra.
* Analista internacional. Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina y Coordinador del Programa de Estudios sobre América Latina de la misma. Director de la revista Ágora Internacional de la Asociación para las Naciones Unidas de Argentina (ANU-AR).
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