Los euroescépticos contraatacan
Por: Adriano Bosoni * |
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Cameron, aclamado - Imagen: The Times |
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Aunque el segundo referendo irlandés significó un apoyo contundente al Tratado de Lisboa, los sectores que se oponen al documento no se dan por vencidos. Principalmente en Inglaterra, República Checa y Polonia, las fuerzas políticas que rechazan la creciente integración de sus países en la Unión Europea prometen dar batalla hasta el final.
El más prominente de los enemigos del Tratado de Reforma es David Cameron, líder del Partido Conservador inglés. El titular de los tories prometió que si gana las elecciones antes de que el Tratado sea ratificado por todos los países de la Unión, llamará a un referendo nacional sobre el texto. Aunque el dirigente no aclaró cómo actuará si llega al Ejecutivo con el documento ya en vigor, los sectores más duros de su fuerza lo están presionando para que de todos modos convoque a una consulta.
Por su parte, el presidente de República Checa, Vaclav Klaus, está demorando desde hace semanas la ratificación del texto. Aunque ya fue aprobado por el Parlamento checo, todavía resta la firma del primer mandatario. Y Klaus, un reconocido “euroescéptico”, ha recurrido a todos los obstáculos posibles para aplazar la rúbrica. Su última estrategia: un recurso presentado por 17 senadores al Tribunal Constitucional del país, para que la institución se expida sobre la validez de la flamante legislación comunitaria.
Similar es la situación en Polonia, donde el presidente Lech Kaczynski todavía no ha puesto su firma al documento luego de la aprobación parlamentaria. Aunque el mandatario ya adelantó que apoyará el texto, está dispuesto a mantener en vilo a sus socios europeos durante algunos días más. De hecho, declaró que “nadie dijo” que su firma se produciría inmediatamente después del referendo irlandés.
Todos estos casos desnudan la subsistencia de una batalla ideológica que ha acompañado a la Unión Europea durante sus cincuenta años de historia. Se trata del debate entre los “eurófilos”, partidarios de una mayor integración regional; y los “euroescépticos”, quienes defienden las prerrogativas nacionales ante el avance de la Comunidad. Esta disputa es tan vieja como el bloque continental, y se acentúa en momentos como el actual, cuando la reforma institucional europea viene de la mano de una descomunal crisis económica.
En rigor, los escenarios de crisis global ofrecen un terreno fértil a la prédica antieuropea. A menudo, cuando las turbulencias internacionales se traducen en desempleo y recesión, la ciudadanía se vuelve más receptiva a los discursos conservadores que proponen “soluciones nacionales para los problemas nacionales”.
De este modo, es común que durante las etapas difíciles los enemigos del proceso de integración regional encuentran en la Unión un chivo expiatorio para todos los males de sus países. Dichas voces argumentan que los Estados deben recuperar las atribuciones que cedieron a la UE, porque en caso contrario estarán imposibilitados de dar respuestas eficientes a los problemas de la gente.
Paradójicamente, esta tendencia se replica a nivel de las instituciones europeas. Así lo demostraron las elecciones parlamentarias de junio, donde la derecha se impuso ampliamente en la mayoría de los Estados. Por lo tanto, el nuevo Parlamento Europeo estará compuesto por docenas de diputados que aspiran a limitar la injerencia de la Unión en los asuntos nacionales. El propio Cameron dio el primer paso cuando anunció que los representantes tories abandonarán el Parido Popular Europeo y formarán un bloque con los sectores más nacionalistas.
Queda en evidencia entonces que el flamante Tratado de Lisboa difícilmente podría haber llegado en un momento peor. El tradicional discurso antieuropeo de los conservadores se ve ahora inflamado ante la perspectiva de una reforma institucional que otorgue nuevas concesiones a la Unión. Dichas modificaciones resultan inadmisibles ante los ojos de líderes que consideran que sus países ya han cedido demasiado.
Inglaterra y su debate eterno sobre Europa
Especialmente delicada es la situación británica. A lo largo del siglo XX, este país se ha debatido entre el atlantismo y el europeísmo. En numerosas ocasiones, Inglaterra demostró su sólido compromiso con el proyecto de integración europea. De hecho, estuvo a la cabeza de los Estados que se sumaron a la Comunidad cuando ésta produjo la primera ampliación de su membresía, en 1973. Pero en otras oportunidades la convivencia no resultó sencilla, y primó el atlantismo o el aislacionismo. Quedó en claro a fines de los años 90, cuando rechazó la adopción del euro, y en 2003, cuando empujó la ruptura política con sus socios tras el apoyo a la invasión estadounidense de Irak.
Sin embargo, los partidos no son monolíticos y muchas veces existen intensos debates a nivel interno. Es lo que ocurre actualmente con los conservadores, quienes presentan sus propias divisiones entre los partidarios de una mayor integración y aquellos que la rechazan. Al primer grupo pertenece el Ministro de Negocios en las sombras, Kenneth Clarke, quien se manifestó abiertamente a favor del Tratado.
Por el contrario, el alcalde de Londres, Boris Johnson, consideró que “los británicos deben ser consultados” aún si el documento ya está en vigor cuando los tories lleguen al gobierno. Johnson se muestra particularmente irritado con la figura del Presidente del Consejo Europeo, un cargo introducido por el Tratado de Lisboa. Para el alcalde, este flamante puesto atenta contra la soberanía nacional en materia de política exterior.
Paradójicamente, es el británico Tony Blair quien mejor se perfila para ocupar dicha posición. Hasta ahora, los ingleses tienen sentimientos encontrados ante la eventual designación de su ex Primer Ministro al frente de la diplomacia europea. De acuerdo con una encuesta del diario The Times, el 53% de los ciudadanos se opone a que Blair sea puesto a cargo de la presidencia del Consejo. Sin embargo, apenas el 20% de ellos cree que la eventual elección de Blair será perjudicial para los intereses británicos.
Ante este complejo panorama, es esperable que la presión de los demás miembros de la Unión juegue un rol central en la ratificación del Tratado de Lisboa. En rigor, los “pesos pesado” del bloque, con Alemania y Francia a la cabeza, son firmes partidarios del documento. Fueron ellos quienes acercaron posiciones con el gobierno irlandés, a fin de generar el contexto adecuado para un segundo referendo tras el traspié obtenido en el primero. Y son ellos quienes ejercerán toda su influencia política para que los díscolos presidentes de República Checa y Polonia ratifiquen el documento. Incluso Suecia, que ostenta la presidencia rotatoria de la Unión, envió mensajes para que las ovejas descarriadas regresen al rebaño.
El tiempo parece jugar a favor de las posiciones proeuropeas. El significativo referendo irlandés y la presión diplomática de Francia y Alemania harán difícil a Klaus y Kaczynski mantener su intransigencia. Por su parte, las próximas semanas serán cruciales para que los conservadores debatan sobre su postura respecto de Europa. En cualquier caso, queda claro que la Unión ha alcanzado un desarrollo institucional tan avanzado que cada nueva reforma promete ser aún más complicada que la anterior.
* Editor General de Observanto - contacto: abosoni@observanto.net
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