Estados Unidos, Rusia y los fantasmas de la Guerra Fría


  Por:  Adriano Bosoni * 

07/07/2009 - 12:15 |  | Enviar por e-mail 

 

 
 
 
¿Se afianza la relación? - Imagen: El País
 
     

En otro capítulo de su cruzada para generar un “nuevo comienzo” en la política exterior norteamericana, Barack Obama realizó una visita de dos días a Rusia. El desafío no era menor, puesto que el mandatario demócrata pretendía nada menos que reencauzar las relaciones entre ambos gigantes, que se debilitaron seriamente durante la presidencia de George W. Bush. Pero aunque las reuniones con Dmitri Medvedev y Vladimir Putin sirvieron para limar asperezas entre las dos naciones, los intereses rusos y estadounidenses siguen siendo contrapuestos en una importante cantidad de asuntos.

Sin dudas, el resultado más concreto de la visita del líder afroamericano fue el principio de acuerdo para establecer un programa de desarme nuclear que reemplace a los convenios vigentes, que caducan en diciembre. De aprobarse el nuevo Tratado sobre Limitación de Armas Estratégicas (START, por sus siglas en inglés), ambas potencias reducirán en más de un tercio sus arsenales atómicos. En segunda instancia, Obama obtuvo de Medvedev el permiso para que aviones norteamericanos sobrevuelen el espacio aéreo ruso en su trayecto hacia Afganistán.

En rigor, ambos países poseen algunos intereses compartidos y unos cuantos puntos de conflicto. Por una parte, el desarme se presenta como una oportunidad para que las dos naciones recorten sus cuantiosos presupuestos de defensa y puedan redestinar partidas a otras áreas más primordiales en plena crisis económica internacional. Al mismo tiempo, tanto Rusia como Estados Unidos se beneficiarán con la pacificación del frente AfPak, una política central en la nueva estrategia de Obama de lucha contra el terrorismo.

Pero los acuerdos parecen terminarse allí, puesto que en otros aspectos de la más cruda geopolítica persisten los recelos. Uno de los principales motivos de incomodidad entre Rusia y Estados Unidos radica en lo que Moscú percibe como un aumento desmedido de la injerencia de Washington en el Este europeo. Vladimir Putin y Medvedev consideran que la voluntad expansiva de la OTAN hacia las ex repúblicas soviéticas constituye una amenaza para la seguridad rusa, y por ello se oponen al ingreso de naciones como Georgia y Ucrania a dicha alianza militar.

En igual sentido, Rusia rechaza el proyecto norteamericano que pretende instalar una plataforma antimisiles en Polonia y República Checa. Si bien Estados Unidos argumenta que dicha iniciativa busca proteger e Europa de un eventual ataque iraní, el gobierno de Medvedev no se siente tranquilo con una presencia militar de ese tipo a tan pocos kilómetros de la frontera rusa. Aunque Obama es más proclive que Bush a negociar sobre este tema, el gobierno demócrata no parece estar dispuesto a desechar de plano el controvertido proyecto. Lo mismo puede decirse de la incorporación de Georgia y Ucrania al Pacto Atlántico: el actual presidente no impulsa la iniciativa con el mismo entusiasmo que su predecesor, pero tampoco la descarta por completo.


La batalla por las zonas de influencia

Hace unos días, Obama afirmó que Putin todavía piensa en términos de la Guerra Fría. Pero el escepticismo de Moscú respecto de Washington no es totalmente infundado: mientras que el Pacto de Varsovia se extinguió hace casi dos décadas, la OTAN sigue moviéndose hacia el Este y amenaza con llegar a las puertas de Rusia. Y tampoco es esperable que Putin pueda confiar plenamente en un ex adversario que desarrolló la doctrina de la guerra preventiva, invadió dos países en Oriente Medio y desea instalar sofisticados sistemas de defensa en el Este europeo.

Ocurre que, aunque era una característica típica de la Guerra Fría, la puja por las zonas de influencia conserva plena vigencia en el siglo XXI. Rusia todavía siente que posee una injerencia natural sobre los Estados vecinos, al tiempo que considera vital la creación de una “zona de protección” en torno a sus fronteras. Por ello, evalúa que toda intromisión occidental en los países que la rodean constituye una amenaza a sus intereses. La invasión a Georgia de agosto de 2008 mostró con máxima crudeza que Moscú pretende controlar de cerca a los territorios que la circundan. He aquí una importante disidencia entre los dos gigantes: al tiempo que Rusia mantiene sus tropas en las regiones separatistas de Osetia del Sur y Abjasia, Obama defiende la “integridad territorial” de la ex república soviética.

El romance entre la debilitada Rusia de Boris Yeltsin y el hegemónico Estados Unidos de Bill Clinton duró muy poco. En la presente década, el ascenso del belicoso George W. Bush y la llegada al poder del duro Vladimir Putin llevaron a un rápido enfriamiento de las relaciones bilaterales. Al tiempo que la imagen de Washington se derrumbaba en todo el planeta de la mano de sus incursiones militares, Moscú vivió un período de bonanza gracias a la explotación de sus recursos energéticos. En sintonía con este renacer, el ex presidente y actual Primer Ministro Putin construyó un relato oficial basado en el nacionalismo exacerbado, la reivindicación de la grandeza perdida en los humillantes años 90 y una visión escéptica respecto de Occidente.

La Rusia orgullosa y nacionalista de Putin y Medvedev quiere volver a ser un protagonista central en el tablero político internacional. Aunque atraviesa su propia crisis financiera, sabe que puede presionar a Europa mediante el suministro de petróleo y gas, se reconoce como un actor crucial en el Cáucaso y en Oriente Medio, y advierte el poder menguante de unos Estados Unidos debilitados económicamente y sumergidos en dos guerras de resultado incierto. En consecuencia, desea ser vista como un igual por las naciones más poderosas de la Tierra. George W. Bush la subestimó durante buena parte de su mandato. Obama no quiere darse el mismo lujo.


* Editor General de Observanto - contacto: abosoni@observanto.net


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